Tiene 18 años y un año y medio de experiencia en este tipo de tiro. LETICIA M. CANOLa tiradora jienense en distintas imágenes durante uno de sus entrenamientos con su guía. FOTOS: L. M.CANOOro mundial a la primera. IDEAL acompaña a Isabel María López en un entrenamiento tras proclamarse campeona del mundo de tiro con carabina para personas con discapacidad visual. P33 «Las personas que ven tienen una mira para saber dónde disparan; nosotros tenemos una vía que convierte la luz en sonido» «Yo no sabía que había ganado», dice Isabel, a quien la estrategia de su guía Toñi ayudó a alcanzar el mayor de los éxitos N o recuerda el día exacto en que sostuvo una carabina por primera vez. Sí sabe, en cambio, que hoy agradece haberlo hecho. Mientras habla, entrelaza las manos, como si en ese gesto pudiera encontrar una calma que el resto de su cuerpo todavía no ha aprendido a tener. Tiene 18 años y un año y medio de experiencia en el tiro con carabina, pero ya conoce algunas de las cosas que llegan con el éxito: los focos, las preguntas, las cámaras. El pasado mes de septiembre viajó hasta Changwon (Corea del Sur) para participar en un campeonato internacional de tiro con carabina para personas con discapacidad visual. Era su primera competición fuera de España. También ha sido su primer oro mundial. La autora de esta hazaña se llama Isabel María López Elvira, una jienense que acaba de alcanzar, en la modalidad de pie de tiro con carabina, algo que todavía parece demasiado grande cuando lo pronuncia. «Sabía que podía llegar a la final, pero no me imaginaba ganar el oro», dice. Isabel López tiene discapacidad visual. No ha perdido por completo la visión, pero sabe qué ocurre cuando la imagen desaparece por completo. En las competiciones, esa oscuridad es una regla: se pone unas gafas opacas y dispara sin ver absolutamente nada. «De esta forma todos tenemos las mismas condiciones», explica. La pregunta, entonces, parece inevitable: ¿cómo puede alguien que no ve practicar un deporte en el que acertar depende de precisión? Isabel también se la hizo. Hasta que entendió que para encontrar un blanco no siempre hace falta verlo. Que el cuerpo aprende otras maneras de orientarse. Que la precisión puede vivir en el oído y en la repetición. Lo entendió, lo intentó y, un año y medio después de empezar a disparar, terminó demostrando que la puntería no pertenece únicamente a los ojos. «Las personas que ven tienen una mira para saber dónde disparan. Nosotros tenemos una vía que recibe la luz que tenemos enfrente, la convierte en sonido y, a través de los cascos, podemos escucharlo», explica Isabel. A su lado está Toñi Ibáñez. Es su guía, pero también sus ojos durante la competición: la persona que observa el blanco, sigue cada disparo, supervisa la puntuación y convierte lo que Isabel no puede ver en pequeños gestos que solo las dos saben interpretar. Un toque en el hombro significa que el disparo ha sido prácticamente perfecto: diez puntos –el máximo es 10,9–. Si la señal baja por el brazo, son nueve. Si llega al cuello, hay que corregir la posición de la carabina. En su espalda, se dibuja una diana y se señala el punto donde ha llegado el balín. No necesitan palabras. Entre ellas existe un idioma construido a fuerza de entrenamientos y disparos. «Cada persona con su guía tiene unas pautas», dice Isabel, a lo que se suma el sonido que reproducen sus cascos para orientarla por la diana. Toñi es, durante esos minutos, la vista de Isabel. Y también es la mitad de un mecanismo que solo funciona cuando las dos saben exactamente qué decirse sin hablar. Nervios e ilusión Después de haber ganado el campeonato de España, la Selección Española llamó a Isabel para llevarla a una competición mundial: en Corea del Sur. Una llamada que la puso nerviosa, pero que también le hizo sentir una ilusión inexplicable. Aún sonríe cuando recuerda aquel momento. Los días previos al campeonato llegaron con nervios. Isabel rechazó salidas, cuidó sus rutinas y se preparó todo lo que pudo. En la maleta viajaron también las dudas. Se sentía más segura en la modalidad tendida –sentada–, pero allí tendría que competir de pie. No había mucho más que hacer que disparar. Primero llegó la clasificación. Sesenta tiros. Solo las ocho mejores puntuaciones conseguirían un lugar en la final. Isabel disparó una vez, y otra, y otra. Cuando terminó, su nombre estaba entre los ocho que seguían en pie. Entre las ocho mejores del mundo. Después cambiaron las reglas. En la final ya no eran sesenta tiros, sino veinticuatro. Veinticuatro oportunidades. El lugar quedó en silencio. Isabel respiraba despacio, mientras lo demás se aceleraba y el tiempo marcaba una cuenta atrás. El primer disparo. Después, volver a cargar. El segundo. El tercero. El pitido de los cascos se repetía en su cabeza, insistente, tratando de llevarla hasta el centro del blanco. Después de cada disparo, la mano de Toñi rozaba su espalda. Una señal. Un idioma. En algún momento Isabel perdió la cuenta de los tiros. También la noción del tiempo. Solo quedaban la carabina, el sonido y aquella mano en la espalda. Hasta que se acabaron los disparos. Final del campeonato. «Yo no sabía que había ganado», dice Isabel. Una estrategia de su guía que, en cierto modo, hizo que alcanzara la victoria, pues consideró que no decirle que estaba realizando los últimos tiros podía mantenerla más tranquila. «Están tan concentrados en tirar, en hacer los procesos de respiración y todas las pautas que lleva el tiro que están exentos de todo lo demás», explica. «Y claro, ella no lo sabía en realidad, no era consciente. Otras veces sí se lo hemos dicho pero en esta ocasión me la jugué», añade sonriente. Todavía no se cree que aquel momento fuese una realidad y aún tiene dudas sobre dónde colocar su preciado logro. «Creo que la pondré en mi habitación», dice sobre su medalla. Mientras, sus padres, que acuden con ella a los entrenamientos, merodean por la galería de tiro del pabellón Manuel Lara Labella de la capita ..