Estar físicamente presente en un campamento, un polideportivo o un taller municipal no garantiza formar parte de él. Solo el 46% de los niños y adolescentes con discapacidad que acuden a actividades públicas de ocio y tiempo libre se siente integrado con sus compañeros y apenas un 40% llega a relacionarse de forma efectiva con el resto de los participantes. Así lo constata el informe Ocio accesible e inclusivo en la infancia y adolescencia con discapacidad , elaborado por KSNET para la Fundación ONCE, que analiza los programas ofertados fuera del horario lectivo y en vacaciones en Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Zaragoza y Málaga. PUBLICIDAD El trabajo pone de relieve que la mera asistencia no asegura una experiencia inclusiva . Durante el desarrollo de las actividades afloran situaciones recurrentes de aislamiento: en el 32% de las experiencias, el menor permanece como mero observador o esperando mientras el resto realiza dinámicas en las que él no puede intervenir. Asimismo, en el 27% de los casos las familias denuncian que se llegó a animar al niño o adolescente a abandonar la actividad. Ante las dificultades sobrevenidas, la respuesta mayoritaria no consistió en adaptar la metodología o reforzar los recursos, sino en trasladar al participante la recomendación de marcharse. PUBLICIDAD La criba antes de entrar Las barreras no surgen únicamente durante el desarrollo de los programas; se levantan mucho antes. El 48,3% de los menores con discapacidad de la muestra no llegó a participar en ninguna actividad pública: un 22,5% lo intentó sin conseguir plaza y un 25,8% ni siquiera llegó a probarlo. Entre quienes intentaron inscribirse sin éxito, la denegación expresa de la plaza o la no admisión porque la entidad alegó no poder atender las necesidades del menor afectó al 30,3% de las familias. A ello se añaden la escasez general de plazas reservadas (24%) y la exigencia de que un adulto de la familia permanezca durante toda la jornada como acompañante (18%), una condición que traslada a los hogares la responsabilidad del servicio y choca directamente con la conciliación. Brecha por grado de apoyo y edad Las opciones de ocio disminuyen drásticamente conforme se incrementa la intensidad del apoyo que requiere el participante. Solo el 34,9% de los menores que necesitan apoyo intensivo ha participado alguna vez en una actividad pública, frente al 65% de quienes precisan apoyos puntuales. Una brecha similar se reproduce al atender al grado de discapacidad reconocido: la tasa de participación cae al 34,3% entre quienes tienen un 65% o más, frente al 59,4% registrado en los grados intermedios (del 33% al 64%). La edad marca otro escalón excluyente. La participación alcanza su punto más alto en la etapa de 6 a 11 años, con un 65,1 % de niños que ha accedido alguna vez. Sin embargo, la presencia cae en la adolescencia: se sitúa en el 37% entre los 12 y 14 años y en el 40 % entre los 15 y 17 años . En el grupo de 12 a 14 años, el 44,4 % de las familias admite que no intenta acceder a la oferta pública ante la falta de alternativas adaptadas a esta etapa de transición vital. Oferta ordinaria sin adaptar Incluso cuando se obtiene plaza, casi la mitad de la participación de estos jóvenes (el 46,9%) se canaliza en actividades ordinarias que, según el testimonio de los progenitores, no incorporan ningún tipo de adaptación específica. Solo el 30,8% de las experiencias descritas corresponde a programas con diseño inclusivo y el 17,5% a modalidades específicas. Esta falta de apoyos en las propuestas compartidas influye en la percepción de los hogares. En las actividades específicas, el 84,2% de las familias percibe que su hijo se sintió integrado en el grupo, frente a un 48,3% en las inclusivas y un 37,2 % en las ordinarias sin adaptar. Pese a ello, las familias no reclaman un modelo segregado : el 38,2% prefiere una combinación de actividades inclusivas y específicas según el tipo de actividad y las necesidades individuales. Falta de personal y de formación Familias y profesionales coinciden en situar los recursos humanos en el centro del problema . La falta de personal de apoyo es la dificultad más señalada por los padres (42,8 %) y por los trabajadores de las organizaciones (53,3 %) . Asimismo, la carencia de formación específica del equipo preocupa al 41 % de las familias y al 44,4 % de los profesionales , junto con la rigidez de los ritmos para adaptarse a cada perfil Aunque los profesionales encuestados otorgan una puntuación general favorable a la inclusión en sus entidades (4,23 sobre 5), al valorar entornos donde la participación de personas con discapacidad ya está asentada, reconocen déficits estructurales . La accesibilidad sensorial es el componente peor calificado con diferencia (3,54 sobre 5), lastrada por la falta generalizada de herramientas de lectura fácil, pictogramas, control de sobrecarga acústica y espacios de regulación emocional. El informe de la Fundación ONCE reclama a los consistorios abandonar las respuestas reactivas e individualizadas y establecer un estándar municipal común para toda la oferta, sea de gestión directa o externalizada. Entre las prioridades, demanda blindar la financiación estable de los apoyos –incluyendo horas de coordinación previa con las familias y diseño de materiales–, eliminar el acompañamiento familiar obligatorio como condición de acceso y crear una ficha informativa homogénea y accesible que detalle los recursos disponibles para evitar que las familias se autoexcluyan antes de tiempo.