El trasiego de operarios, camiones y sacas de escombros ha devuelto la actividad al emblemático Palacio de la China tras décadas de continuo deterioro. Ubicado en la plaza de España de Mérida, compartiendo espacio con edificios históricos como el Ayuntamiento o el Círculo Emeritense, este inmueble de principios del siglo XX ha iniciado sus trabajos de consolidación para acometer una reforma integral. El objetivo final, tras la adquisición en junio de 2025 de casi el 90% de la propiedad en una operación cercana al millón de euros, es transformar su singular arquitectura en un establecimiento hotelero que previsiblemente gestionará la cadena Ilunion. Detrás de este movimiento de tierras se encuentra una operación dirigida por figuras clave del ecosistema económico local. Según información pública del Boletín Oficial del Registro Mercantil (BORME), la empresa promotora es PALACE&BUSINESS S.L., una sociedad limitada constituida en mayo de 2018 con un capital social de 200.000 euros, cuyo objeto social se centra en la compraventa, rehabilitación y alquiler de bienes inmobiliarios. La empresa está gestionada de forma mancomunada por dos conocidos empresarios regionales: Carlos Lobo García y Miguel Ángel García Matías. El primero es un promotor musical, creador y director del Stone & Music Festival que se celebra en el Teatro Romano de la ciudad, además de dirigir otros grandes eventos como Extremúsika en Cáceres o Alcazaba Festival en Badajoz. Por su parte, García Matías es el CEO de Hostelerex, la franquicia responsable de la expansión de Burger King en Mérida (cuyo establecimiento más céntrico se encuentra al lado del futuro Hotel), y administrador de sociedades vinculadas al suministro industrial. La inminente reconversión turística de este palacio choca frontalmente con la realidad social de la ciudad. Mientras el sector privado planifica un nuevo alojamiento para visitantes en el centro neurálgico de Mérida, la ciudadanía denuncia el encarecimiento descontrolado de la vida y la falta de alternativas residenciales. Ante esta dinámica de turistificación y acoso inmobiliario, la población ha decidido organizarse. La recién constituida Plataforma de Inquilinas lleva movilizándose “contra el rentismo” y la “especulación” desde su reciente fundación, al calor de las concentraciones y manifestaciones en todo el Estado. La situación en la capital autonómica en materia de vivienda es preocupante: comprar una casa se ha encarecido un 30% durante el último lustro, y el coste medio del alquiler de un piso de 80 metros cuadrados roza ya los 600 euros mensuales, forzando a muchas familias a destinar gran parte de sus ingresos al pago de la vivienda. Debido a la inacción de la administración autonómica a la hora de aplicar las herramientas legislativas vigentes, los movimientos sociales exigen la paralización real de los desahucios, el fomento del alquiler indefinido y la declaración de Mérida como zona tensionada para poder regular los precios. También denuncian que “la zona centro y barrios aledaños como San Albín se están quedando progresivamente sin vecinos” debido a esta fuerte “presión especulativa” Además, existe una fuerte preocupación por la conservación del patrimonio arquitectónico; varias voces ciudadanas han denunciado la reciente destrucción de murales de baldosines en el exterior del edificio, dudando de que el futuro proyecto turístico vaya a respetar la histórica y característica fachada original. El destino del Palacio de la China ilustra a la perfección el cambio de modelo productivo y vital de las ciudades patrimoniales. Erigido en 1928 a expensas de Bartolomé Gil para albergar unas amplias galerías comerciales de la industria textil, el edificio mantuvo durante gran parte de su historia un estrecho vínculo con la intrahistoria emeritense. Según documenta el cronista Fernando Delgado Rodríguez, la familia Gil, símbolo de la burguesía comercial emergente en la Plaza de España, enlazó con el pulso de la calle a través del matrimonio entre Magdalena Gil, hermana del promotor, y Vicente Galán, el histórico tabernero apodado el Padre Mollete. Con su característica arquitectura ecléctica, en la que confluyen motivos neomudéjares y regionalistas andaluces, la edificación cierra ahora una larga etapa de fragmentación y abandono. Sus puertas volverán a abrirse tras la retirada de los escombros, pero el espacio que en el siglo pasado sirvió de punto de encuentro y abastecimiento comercial para las generaciones pasadas, hoy se entrega íntegramente al sector turístico. Un proceso que consolida la pérdida de identidad de la ciudad y afianza la expulsión de quienes los habitan en favor de fondos de inversión.