que, cuando la accesibilidad se piensa desde el proceso creativo, no tiene por qué empobrecer la experiencia; puede ampliarla, incluso para quienes ven. La dificultad está en cambiar una inercia que rara vez se presenta como un problema: programar y diseñar las obras para un espectador que se da por supuesto. Frente a esa costumbre, Rito no necesita convertir la inclusión en un discurso. La aborda mediante decisiones concretas, tomadas durante el proceso y no al final, cuando todo está cerrado. Una danza hecha de barro, respiración y ofrenda merece que la miremos, sí, pero también que encontremos otras formas de percibirla. A veces, para acercarse a una obra, no basta con abrir los ojos: hay que aprender a escuchar con todo el cuerpo. «A veces, para acercarse a una obra, no basta con abrir los ojos: hay que aprender a escuchar...» BASADO EN HECHOS REALES HAY UNA pregunta que Rito se plantea hoy, diez años después de su estreno en el MACA, el Museo de Arte Contemporáneo de Alicante: ¿cómo se cuenta una danza a quien no puede verla? La coreógrafa Asun Noales, junto a la artista Susana Guerrero, no responden simplificándola ni convirtiéndola en una explicación de sí misma. Buscan, más bien, otras formas de acercarse a ella sin reducir la experiencia a una traducción de lo que sucede en escena. Rito es una danza que sucede dentro de una obra de arte, no delante de ella. Guerrero concibió ‘Ofrenda de 100 cabezas de jaguar para el león blanco’, un círculo de cerámica que vigila desde el umbral, como los jaguares que protegen las casas en México. Sobre la arcilla blanca, Noales y Sebastián Rowinsky bailan cubiertos de la misma materia, rodeados por un público tan cercano que se oye su respiración. Son veinticinco minutos de ofrenda, mito y pulso entre la vida y la muerte. Desde su estreno, la pieza ha recorrido 36 ciudades de cinco países, casi siempre en espacios ajenos al circuito teatral: un hipogeo en Matera, un mercado de flores, distintos museos. Ahora, el 5 de noviembre llega a la Sala Sant Miquel de Castelló. La naturaleza de la pieza ayuda a entender por qué, diez años después, la pregunta sobre cómo percibirla sigue abierta. Una danza que depende tanto de la materia, la proximidad y el sonido del cuerpo nunca fue solo cuestión de mirar. El nuevo reto consistía en hacerla accesible a personas con discapacidad visual. En Alicante lo abordaron con dieciocho espectadores, auriculares y un taller previo en el que podían meter las manos en el barro. Para preparar la experiencia, Noales se apuntó a un curso de audiodescripción: las descripciones que conocía le parecían frías y mecánicas. Su observación apunta a una cuestión de fondo. La accesibilidad no consiste en añadir una voz que narre lo que ocurre, sino en decidir qué merece ser contado y cómo acompañar la imaginación sin ocupar su lugar. Esta experiencia también cuestiona una idea bastante arraigada: que la mirada es la puerta principal de acceso a una obra y que los demás sentidos cumplen una función secundaria. Rito demuestra que hay otras maneras de entrar en ella y