Hay cosas que no necesitan verse para disfrutarse. El olor de la sidra, su sabor o el sonido de un culín recién escaneado son un ejemplo. En esa herida de Villaviciosa. Una veintena de personas sordociegas se acercan a la cultura de la sidra de una manera diferente, tocándola, oyéndola y saboreando. Así comienza un viaje en el que mirar deja de ser imprescindible. En Villaviciosa la respuesta está en los sentidos. Diez aromas. Y hasta instrumentos de laboratorio pasan por las manos, la nariz y el paladar de un grupo de personas sordociegas. La 11 quiere ofrecer actividades diferentes a sus afiliados, pero por supuesto, el resto de la comunidad investigadora y los científicos lo que queremos es acercar la ciencia de la manera más inclusiva que podamos, sin excluir a ningún colectivo. Una iniciativa de la FIT y el Sheridan, donde el tacto, el olfato y el gusto se convierten en herramientas para descubrir la ciencia que hay detrás de la sidra. Actividades muy bonitas separando los olores de la sidra y ayudándote a identificarlos. Y bueno, al final se trata de aprender con los sentidos, pero sobre todo aprender también como como seres humanos, de fijar atención en los alimentos que consumimos. Primero el olor. Diez aromas que forman parte de la personalidad de la sidra. 1 a 1 pasan por sus manos y llegan a la nariz. Esto teniendo en cuenta que todos, todos ellos, siempre están presentes en el aroma de la sidra y en eso que cuando percibimos, decimos huele a sidra. Cerrar los ojos y dejar que el aroma diga lo que los ojos no cuentan. Olía a madera. Sí, una madera limpia. Pero me olía madera. A fuerza de oírlo, de olerlo, pues me di cuenta de que sí, que efectivamente olía a vinagre de manzana. Una experiencia que cambia también nuestra manera de mirar. Debieran de ponerlo esto en los colegios, por lo menos un poquito, un poquito el abecedario para que todo el mundo pudiera, en un momento dado de apuro, entenderse. Distintas formas de.