Una jornada de formación de sindicatos en Barcelona. ECOEMBESPor Raquel Díaz ( Madrid) R eciclar en una empresa no consiste solo en colocar varios contenedores junto a la máquina de café. Detrás hay decisiones sobre qué residuos se generan, cómo se separan, quién explica los cambios a la plantilla y hasta qué punto esos nuevos hábitos terminan formando parte de la jornada laboral. Desde 2016, la organización Ecoembes trabaja con UGT y CCOO precisamente en ese terreno: llevar la economía circular de las normas y los grandes objetivos ambientales al día a día de oficinas, servicios públicos y otros centros de trabajo. La colaboración comenzó en 2016 y, según explica Roberto Ruiz Robles, especialista en asuntos públicos, regulatorios y europeos de Ecoembes, ha ido cambiando. «Los primeros años empezó más centrada en el reciclaje», recuerda. Ahora el debate abarca mucho más: nueva normativa, reducción de residuos, ecodiseño, empleo, formación profesional y los cambios que traerá la economía circular a distintos sectores. En UGT, esa labor pasa sobre todo por sus delegados y delegadas. Ángel Rubio Gómez, coordinador del área de acción climática y transición ecológica justa, explica que cada año organizan entre 12 y 14 actividades formativas, con unas 25 personas de media en cada una. Muchas trasladan después lo aprendido a sus empresas, a los comités y a las asambleas de trabajadores. La parte más difícil llega después de la formación: saber hasta dónde alcanza realmente. UGT explica que los delegados trasladan lo aprendido a sus centros de trabajo, donde pueden plantear desde nuevos contenedores hasta cambios en la gestión de los residuos o acuerdos dentro de los comités de empresa. El reto es seguir después el rastro de cada iniciativa y medir cuántas terminan aplicándose de verdad. «El seguimiento luego es complejo», admite Rubio. También lo es convencer a todo el mundo. Uno de los obstáculos que detectan en los centros de trabajo no es técnico, sino humano. Hay trabajadores que sienten cansancio ante la sensación de que cada vez recaen sobre ellos más obligaciones ambientales. Separar residuos en casa, hacerlo también en la oficina y escuchar nuevos mensajes sobre reciclaje puede generar rechazo si no se entiende para qué sirve. Por eso, la formación ya no se queda en el clásico «esto va aquí y aquello allí». Ruiz insiste en que, para que un hábito cale, primero hay que entender para qué sirve. «Tienes que saber que tiene sentido», resume. De ahí que las jornadas amplíen el foco y mezclen reciclaje, cambio climático, biodiversidad, normativa y empleo, con una idea clara: que los delegados no solo sepan qué hacer, sino también cómo explicárselo después a sus compañeros. Ese papel intermediario es lo que Ecoembes busca en los sindicatos. Rubio lo define como «diálogo social». Los representantes de los trabajadores tienen acceso directo a los comités, a las plantillas y a sus preocupaciones diarias. «Somos agentes sociales de cambio», señala. Eso permite introducir cuestiones ambientales en conversaciones que tradicionalmente se asociaban a salarios, horarios o derechos laborales. El reto, sin embargo, va mucho más allá de reciclar mejor. La economía circular también obliga a repensar cómo se fabrica, qué materiales se utilizan y qué conocimientos necesitarán los trabajadores en los próximos años. Ruiz recuerda que las previsiones manejadas en Europa apuntan a unos 700.000 nuevos empleos vinculados a esta transición hasta 2030, de los que alrededor de 70.000 podrían corresponder a España. La oportunidad es enorme, pero no todos los puestos seguirán siendo iguales. Ahí entra la transición justa. Rubio compara lo que viene con la reconversión que ya han vivido sectores afectados por la descarbonización. Algunas tareas desaparecerán, otras cambiarán y surgirán nuevos perfiles, también en ámbitos como la automoción o las plantas de reciclaje. La clave, sostiene, será adelantarse para que las plantillas puedan «reciclarse, reconfigurarse, formarse y acreditarse» antes de que esa transformación llegue de golpe. La colaboración también funciona en sentido contrario: no solo lleva la economía circular a los centros de trabajo, sino que devuelve a Ecoembes las dudas y preocupaciones que aparecen allí. UGT y CCOO participan en el consejo asesor del Plan Estratégico de la organización, donde trasladan esa mirada sindical. Y en las jornadas aflora una cuestión recurrente: cómo van a afectar las nuevas normas europeas a trabajadores y empresas de sectores muy distintos. Todavía hay una barrera difícil de romper: la desconfianza. Rubio cuenta que, incluso entre algunos delegados, sigue apareciendo una duda muy repetida: «¿Y si al final va todo al mismo sitio?». Por eso una de las asignaturas pendientes es sacar la formación del aula y llevarla a las plantas de selección y reciclaje. Allí, entre cintas, balas de materiales y residuos mal depositados, el proceso deja de ser una explicación abstracta y se convierte en algo visible. Ruiz coincide en que esa experiencia puede cambiar por completo la percepción. Ver qué llega realmente al contenedor amarillo, cómo se apartan los residuos que no deberían estar allí y cómo se recuperan los distintos materiales permite entender el sistema mucho mejor que cualquier diapositiva. «Hasta que no lo ves, no lo interiorizas bien», resume. Después de 10 años de colaboración, ese parece ser el reto común: convertir una idea enorme y a veces lejana en algo comprensible para quien trabaja ocho horas en una oficina, una fábrica o un servicio público. Porque la circularidad puede decidirse en Bruselas y escribirse en una ley, pero termina funcionando en lugares mucho más cotidianos. EL RECICLAJE DEL FUTURO Serie sobre Economía Circular en colaboración con Ecoembes