E stos días la Unesco ha celebrado en Riad su cuarto Foro sobre Ética de la Inteligencia Artificial (IA) en un momento de ruido máximo: unos anuncian la extinción de la humanidad y otros se ríen de esa profecía. ¿Riesgo real o marketing apocalíptico? La IA ha pasado en tres años del laboratorio a la vida cotidiana. Escribe, traduce, programa y analiza. Eso genera entusiasmo y vértigo. Para unos, promete ciencia, productividad y acceso al conocimiento. Para otros, es desempleo, plagio y pérdida de control. Las dos miradas tienen parte de razón, pero el debate se deforma cuando atribuimos a las máquinas intenciones que no tienen. No es nuevo. Electricidad, ferrocarril, automóvil, teléfono e Internet nacieron entre promesas de salvación y profecías de catástrofe. La historia no demuestra que toda innovación sea buena. Demuestra que entendemos mal una tecnología cuando solo la imaginamos como dios o como demonio. La pregunta no es aceptar o rechazar la IA en bloque, sino qué usos promover, cuáles limitar y quién responde. Su aportación hoy es clara: procesar información a una escala imposible para una persona. En medicina ayuda a detectar patrones en imágenes y a ordenar expedientes. En educación adapta ejercicios, explica de varias formas y traduce. La ciencia acelera el análisis de datos. Automatiza lo repetitivo: resumir reuniones, clasificar documentos, elaborar borradores. No decide por nosotros. Nos libera tiempo para el juicio, la relación humana y la creación. La OCDE recoge mejoras de entre 20% y 40% en tareas concretas con la IA generativa, aunque no generalizables. También es accesible. Voz a texto para quien tiene movilidad reducida, descripción automática para discapacidad visual, traducción instantánea entre lenguas. A veces no sustituye una capacidad: permite participar. Pero no idealicemos. Un sistema que suena convincente no comprende. Inventa datos, reproduce sesgos y simplifica. Su fluidez crea una ilusión de inteligencia total, como si una calculadora muy rápida pareciera matemática. La IA actual no es una conciencia con deseos ni responsabilidad moral. Negar miedos irracionales no niega riesgos reales: discriminación algorítmica, vigilancia laboral, violación de privacidad, desinformación, fraude, concentración económica y errores en decisiones críticas. La propia OCDE advierte de sesgos, polarización y problemas de seguridad ya visibles. El empleo es el ejemplo central. No es “nos quitará todos los trabajos”. Un puesto está formado por numerosas tareas y no todas son igualmente automatizables. La OIT estima que uno de cada cuatro trabajadores tiene algún grado de exposición a la IA generativa, pero solo una proporción pequeña está en exposición alta. La palabra clave es transformación, no desaparición automática. Decir que un programa puede generar falsedades es prudencia. Decir que “la IA quiere engañarnos” es proyectar la voluntad humana donde no la hay. Esta tendencia se intensifica porque imaginamos mejor los empleos existentes que los futuros. En el XIX era fácil ver que una máquina reducía trabajo manual; era imposible prever electricistas, pilotos o informáticos. Repetimos un patrón por tres motivos. La novedad nos hace perder la sensación de control. El error espectacular se viraliza más que millones de usos normales. Y la catástrofe es un relato simple y emocionante; la regulación, con auditorías y formación, es aburrida. La ficción de máquinas rebeldes añade leña: plantea preguntas filosóficas valiosas, pero no es una descripción técnica del presente. El problema inmediato no es una IA que nos odia, sino humanos que usan herramientas potentes sin control, con datos deficientes o fines irresponsables. La electricidad lo ilustra. A finales del XIX era invisible, incomprensible y capaz de matar. Cables desordenados cruzaban calles, había accidentes y no existían normas. Parte del miedo estaba justificado. El New York Tribune la llamó en 1889 “una terrible fuente de muerte” y Harper’s Weekly advirtió que casi cualquier cable visible podía transportar corriente mortal. A la vez, Edison usó ese miedo en la guerra de corrientes: electrocutó animales en público para presentar la alterna de Westinghouse y Tesla como especialmente peligrosa. Competencia económica disfrazada de debate moral. Paralelismo directo con la IA. Hoy también hay accidentes reales, intereses empresariales y campañas que exageran promesas y peligros. Algunas empresas se presentan como inteligencias casi universales para atraer inversión; competidores destacan fallos ajenos para influir en la regulación. Como con la luz, el discurso no es solo evaluación neutral: es lucha de poder. La sociedad no prohibió la electricidad. Inventó aislamiento, fusibles, interruptores, códigos, inspecciones y responsabilidad legal. Transformó el miedo en ingeniería. La electricidad siguió siendo peligrosa, pero su riesgo se volvió controlable. Con la IA toca lo mismo: evaluación independiente, trazabilidad, protección de datos, supervisión humana y prohibiciones en alto riesgo. Con una diferencia: la electricidad produce efectos físicos observables; un algoritmo puede discriminar silenciosamente en una contratación o manipular la información de una población. No basta evitar accidentes: hay que proteger derechos y poder. El automóvil repitió la historia. Promesa de libertad contra ruido, peligro e invasión del espacio peatonal. Miedos justificados: coches sin frenos, sin carreteras, sin normas. El Reino Unido en 1865 aprobó la Red Flag Act: un hombre a pie debía preceder al coche, de día con bandera roja y de noche con linterna. Precaución comprensible que anula su ventaja: ir más rápido que un peatón. En 1913, un tribunal de Nueva York aún lo trataba como un intruso especialmente peligroso por su tamaño y peso. La lección es distinguir precaución de inmovilismo. Frenos, carnet, límites y seguros fueron racionales. Obligar para siempre a ir detrás de una bandera habría impedido el progreso sin eliminar el riesgo. Con ..