Tócala otra vez, Stevie Wonder

Mesa con representantes de países adscritos al Tratado de Marrakech

21/Octubre/2019

Ocio y cultura

La ONCE abrió al mundo su biblioteca digital con más de 64.000 obras accesibles. Pero no fue un camino fácil hasta conseguirlo...

Pongámonos en situación. Para entender el Tratado de Marrakech hay que entender primero varias cosas. En primer lugar, que un libro o cualquier otra publicación no puede “tocarse” sin el permiso de sus autores; en segundo lugar, que las leyes de propiedad intelectual (derechos de autor) son nacionales y solo tienen valor dentro de las fronteras de un país. La ley española contiene una pequeña pero vital excepción a nuestro favor: permite hacer accesibles libros para personas con discapacidad  ¿Y cómo compartimos textos con el resto del mundo? ¿Cómo los pedimos en otros idiomas si en esos países sus excepciones son también nacionales? Fácil, con un tratado internacional que permita utilizar esas mismas excepciones fuera de nuestras respectivas fronteras.

A esa conclusión llegó la Unión Mundial de Ciegos, que preparó un borrador mucho antes de 2009, con el apoyo de los representantes de Brasil, Ecuador, Paraguay y México, y lo presentó ante la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI), el organismo de Naciones Unidas que protege los derechos de autor.

En estas circunstancias, proferir en la sede de la OMPI términos como “excepción”, “exención”, “libre de derechos de autor” o “sin permiso de los autores” era casi como blasfemar en el templo de los derechos de autor. Y nuestro tratado no hablaba de otra cosa... Por lo pronto, conseguimos que la expresión “limitaciones y excepciones” que antes solo se susurraba con pavor por los pasillos de la sede de la OMPI en Ginebra, pasara a ser un punto inamovible del orden del día en todas las reuniones del comité de la OMPI que regula los derechos de autor, aunque miraban con recelo a los “bichos raros” que representamos a las personas ciegas y solicitamos esta opción. En múltiples ocasiones alegaron que con la libre distribución de los “libros para ciegos” iba a aumentar la piratería, que íbamos a acabar con el mundo de los derechos de autor, con la creatividad cultural...

La OMPI siguió los pasos a que se refería Mahatma Gandhi: “Primero te ignoran, después se ríen de ti, después de atacan y, al final, vences”. En fin, que se tardaron cuatro años en convencer a la mayoría de los países que integran la OMPI de que este tratado no perjudicaría en nada a autores y editores, y de que, además, haría mucho bien a millones de personas que solo pueden leer un cinco por ciento de los libros publicados, y eso en el mejor de los casos. A eso lo llamábamos (y lo seguimos llamando) “la hambruna de libros”.

En la antigua sala de plenos de la OMPI y los pasillos que la rodean vivimos discusiones eternas, cuestionándose incluso las comas de un texto durante horas para, poco después, eliminar de un plumazo todo el párrafo... Pasábamos de lo interesante a lo exasperante en minutos, de lo insufrible a lo esperanzador en segundos, y de una reunión a otra en seis meses. A ese ritmo nos iba a llevar décadas...Fueron sesiones maratonianas que acababan a media noche con un pedido de pizzas para cien personas o más -con la delegación de Estados Unidos invitando a chocolatinas (suizas, por supuesto)- para acabar declarando nula toda una reunión del Comité, que tardaría otros seis meses en reunirse. Eso sí, las ONG impulsoras, entre ellas la ONCE, trabajábamos mucho entre sesión y sesión.

Las distintas tácticas para minar el tratado, para quitarle sustancia o, simplemente, hacerlo desaparecer fueron de lo más variopintas y generaron incluso diferencias entre los grupos de negociadores por parte de las personas ciegas. La palabra “Tratado” para referirse a la propuesta de la Unión Mundial de Ciegos pasó a nutrir el cada vez más numeroso grupo de términos prohibidos, impulsando una simple recomendación sin validez legal alguna. Tras una reunión que una pequeña delegación de la UMC mantuvimos en Bruselas con el comisario Barnier (sí, el del Brexit), la Unión Europea empezó a virar su comportamiento, y su apoyo a la causa ganó en consistencia. Aunque surgieron problemas como no publicar varias veces un mismo libro en un formato accesible o la temida compensación económica a los autores y editores por cada libro compartido…

En 2012 se decidió que no había mucho más que discutir en Ginebra y se fijó una gran reunión en 2013 en Marrakech con denominación de Conferencia Diplomática, una macrorreunión a la que acuden las delegaciones nacionales con sus embajadores para cerrar los tratados internacionales.

José Feliciano y Stevie Wonder, claves

Hasta allí acudió la ONCE, y hasta el mismísimo José Feliciano a cantar mientras cenábamos en una jaima en el desierto, e incluso Stevie Wonder, quien dijo directamente a los negociadores el primer día que hicieran bien su trabajo, que ya estaba bien, y hasta nos prometió un concierto exclusivo si lo conseguían. Pero si las negociaciones en la sede de la OMPI habían sido duras, lo de Marrakech fue para vivirlo. Desde el primer día se nos amenazó con que no habría tratado (y eso que el Ministro de Industria marroquí bromeo con cerrar el espacio aéreo hasta que no hubiera tratado!) y se quisieron incluir a última hora cláusulas al tratado que lo harían totalmente inútil. Porque las ONG no negociamos directamente los términos de un tratado. No tenemos voto, pero sí el conocimiento exacto de lo que necesitamos y de lo que queremos. Por eso, durante los días que duraron las negociaciones, la delegación de la UMC se convirtió en la asesoría permanente de aquellos representantes de los estados miembros que defendían nuestra postura (que todavía los había que no, ¡incluso dentro de la UE!). 

En la noche del 27 de junio de 2013, entre lágrimas, abrazos y aplausos, supimos que, en un futuro cercano, podríamos por fin intercambiar libros accesibles con total libertad. Eso sí, entre países que voluntariamente aceptaran los términos del tratado y así lo dijeran en su propia ley de propiedad intelectual, que no cobraran nada por este servicio y que se aseguraran de que los libros van a parar únicamente a quien los necesita. Cumpliendo con su palabra, Stevie Wonder volvió a Marrakech al día siguiente, y nos maravilló con uno de los conciertos más increíbles y emotivos que podáis imaginar. En un pequeño auditorio del Palacio de Congresos de Marrakech, limitado exclusivamente a los asistentes a la Conferencia Diplomática, Steve Wonder nos regaló más de una hora de su repertorio más conocido. 

España, con el resto de países de la Unión Europea, dio el “sí, quiero” al tratado el 1 de octubre de 2018. Eso sí, después de cuatro años de negociaciones en Bruselas. Solo un año después, desde el pasado 8 de octubre, la ONCE cumple su compromiso abriendo su biblioteca digital, con más de 64.000 obras (la biblioteca en español de obras accesibles de gran calidad más grande del mundo) a todas aquellas entidades que dan servicio a personas ciegas y con discapacidad visual del mundo. Una colección de obras transcritas al braille por los mejores especialistas, los mismos que hacen nuestras signografías más complejas; con grabaciones de las mejores voces –como el actor José María Pou-;  con partituras musicales elaboradas por expertos músicos braillistas:  todo un lujo para las personas ciegas que hablen o entiendan el español, estén donde estén.

Un proceso largo, sí, pero corto para lo que es la puesta en marcha de un Tratado. Con Marrakech se han batido todos los récords: el tratado que menos tardó en negociarse y aprobarse (y fueron cuatro años...), el que menos tardó en entrar en vigor (tres años, y eso que exigieron veinte ratificaciones, un número superior al habitual), y el que más rápido se empezó a implementar (casi al día siguiente de su entrada en vigor). 

Ahora, este tratado es la “niña bonita” de los tratados de la OMPI, el que presentan con más orgullo y al que le auguran una vida más larga y fructífera. En realidad, eso es lo que, a pesar de todo y de todos, nos hizo seguir, el saber que, tardara lo que tardara en llegar, este tratado y sus beneficios no iban a ser inmediatos, pero iban a durar siempre.

Bárbara Martín Muñoz y Francisco Martínez Calvo
Negociadores de la ONCE en el Tratado de Marrakech

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