El día que acariciamos las nubes

15/Abril/2019

SERVICIOS SOCIALES

El pasado sábado 6 de abril, un grupo de 6 afiliados de ONCE Aragón (Laura, Jesús, José, Susana, Jorge y Ricardo) nos calzamos las botas de montaña muy temprano y nos encontramos con Luis Santos (profesor en la ONCE y montañero) y Fernando (uno de nuestros guías voluntarios). Eran las 7:30 de la mañana y estábamos en la Puerta de la Delegación Territorial de la ONCE en Zaragoza. El motivo por el que merecía la pena madrugar un sábado era, nada más y nada menos, que la ascensión al Pico de los Monjes o Pico des Moines, en francés, (2.349 m de altura), organizada por el Departamento de Servicios Sociales de esta Delegación. Este pico se sitúa próximo a la estación de esquí de Astún, justo en la divisoria de aguas que hace frontera con Francia. 
 
Nuestro querido Luis se puso al volante de la furgoneta de la ONCE, conocida de sobra por todos los presentes, donde unos durmieron y otros charraron hasta que paramos en Villanúa a tomar un cafecito. Cuando abrimos el portón, nevaba más que en los anuncios de turrones, pero Luis insistía en que, según las predicciones de la AEMET, tendríamos una ventana de buen tiempo en la que pararía de nevar entre las 9:30 y las 16 horas. Algunos se lo creyeron, pero otros ya sabemos que Luis es un optimista donde los haya, y nos quedamos callados sin decir nada, pensando que íbamos a pasar más frio que un esquimal en shorts. Entramos al bar Lierde donde nos esperaban todos nuestros guías, Alberto Marín (de Senderos Ordesa), David Ruiz de Gopegui (de Ojos Pirenaicos), Mateo Aldea, (de Caminos a la Cumbre), y los voluntarios, Fernando, Eneko y Adrián. Como os habréis dado cuenta, el grupo de guías es más nutrido que el nuestro, y queremos agradecerles enormemente su buen hacer, pues, con ellos, podemos subir a casi todos los sitios con seguridad y disfrutando.
 
Una vez desayunados, tortilla de patata incluida, hicimos un corro para deliberar y sopesamos otras alternativas. Pero, como parecía que dejaba de nevisquear, decidimos mantener el plan original e intentar la ascensión al Pico Monjes en Astún. Así pues, nos pusimos manos a la obra, entramos en Deportes Azús y le alquilamos a Enrique un ARVA para cada uno por si las moscas. Y es que en cuestión de seguridad no se puede racanear. Esos artilugios, mediante sus antenas de radio, permiten localizar a alguien que haya sido enronado por una avalancha, pero es mejor conjurarse para no tener que utilizarlos. Después, enfilamos para Astún donde aparcamos la furgoneta y nos equipamos correctamente para la misión. El “modelito montañero invernal” consta de: casco estilo minero, cortavientos, más capas interiores que una cebolla de Fuentes (forro polar, camiseta térmica. etc.), pantalón o peto impermeable, botas altas, raquetas de nieve, arnés, guantes, gafas y ARVA. El tiempo estimado para calzarse todo el equipamiento y realizar el test del ARVA es de 20 minutos, pero como todo parece que nos cueste el doble, pues fueron casi 50. Pero bueno, ¿a quién le gusta andar con prisas un sábado? 
 
 Los seis intrépidos afiliados y sus guías, vestidos para la ocasión

Los seis intrépidos afiliados y sus guías, vestidos para la ocasión

 

¿Cómo adaptar el alpinismo a la discapacidad visual?

Para aquellos que no lo conozcáis todavía, la manera de adaptar el alpinismo para personas invidentes o con baja visión es muy fácil. De hecho, si lo piensas, muchas veces las adaptaciones más importantes son las más sencillas. Son necesarios un guía y una barra direccional (preferiblemente de PVC por su ligereza, aunque también las llevamos de madera, más resistentes). El guía se sitúa en primera posición para conducir la “cordada”. En segundo lugar se coloca una persona invidente. En tercer lugar estará una persona con baja visión o, si vamos sobrados de gente, un segundo guía. A partir de aquí hay que aprender a sincronizar el paso para no estorbarse con las pisadas, sobre todo cuando se calzan raquetas.
 

Al mal tiempo, buena escalada

Comenzamos la ascensión partiendo de los edificios de la Estación de Astún. A los pocos minutos, dejó de nevar y salió medio rayo de sol, ¡era la ventana de buen tiempo que decía Luis Santos!... que duró menos que Falete en una bici estática... De hecho, empezó una hora más tarde de lo que AEMET predijo y acabo como 3 horas antes, en total  casi 5 minutos de buen tiempo en los que empezó a murmurar algo así como… “Veis chicos, ya ha salido el sol”; “Vaya chicharrina”; “Y no me creíais, ¿eh?”… 
 
Continuamos monte arriba, despacio pero con ganas, con cuidado, pero al mismo tiempo con seguridad, siguiendo la huella que nuestro guía y amigo Mateo abría en la nieve. El paisaje acústico-visual que nos rodeaba era estupendo. Visualmente, las montañas estaban cubiertas por un manto esponjoso de nieve blanca recién caída; el cielo, también blanco, se confundía fácilmente con el final de las cumbres más altas. La nota musical la aportaba el pequeño riachuelo que discurre por el Barranco del Escalar con agua procedente del deshielo que en ese mismo momento se estaba produciendo. Conforme el grupo íbamos ganando altura, el ruido se fue disipando hasta que, suavemente, desapareció dándonos una pequeña pista, la temperatura había descendido por debajo de los cero grados. La montaña a -1º era mucho más silenciosa, solo se escuchaba el rumor del viento, el crujido rítmico de nuestras pisadas y los ladridos de Yosi ,el perro de nuestro guía David. 
 
Pero un extraño zumbido rompió el sólido silencio de la nieve. Parecía como si un enjambre de avispas estuviera aproximándose a nosotros… ¡pero no! era el dron de nuestro guía David sobrevolándonos. Desde luego David, eres apañadico y moderno a partes iguales ¡subir un dron hasta allí arriba! la verdad es que fue la guinda del pastel. Además sacó unas fotos chulísimas. Mirad:
 
 El grupo fotografiado en cenital, desde el dron de David

El grupo desde el dron de David

 

Parada y retroceso

Continuamos la ascensión y llegamos a un lugar que aparentemente no tenía nada de especial, sin embargo, nuestros guías se detuvieron. “¡Genial, por fin un descanso!” -pensé. Mientras me atiborraba a frutos secos, inesperadamente David pronuncio la siguiente frase “Chicos, hay que volverse, la nieve está mal”. La montaña, además de bella, tiene ocultos sus peligros y hay que conocerlos. La cercanía de unas laderas cubiertas por un importante espesor de nieve recién caída no pasó desapercibida para nuestros guías, que habían aprovechado el parón para hacer un “test” sobre el manto nivoso. Este test requiere encontrar una zona con una inclinación similar a la de la ladera que debíamos atravesar a continuación. En ese mismo lugar con una pala se aísla un bloque de nieve. A  continuación se dan un golpecito con esa misma pala sobre el bloque de nieve simulando el paso de unos esquiadores. El resultado fue claro, el bloque de nieve se desplazó de forma conjunta con el primer impacto y finalmente calló, dejando al descubierto el suelo herboso desnudo. A ojos de los expertos, este resultado indicaba que la nieve caída en los últimos días todavía formaba una única y espesa capa de nieve muy poco compactada que se desprendería con facilidad si la cortábamos con nuestros pasos. 
 
En este punto la montaña nos enseñó una de sus lecciones más importantes “Hay que saber volverse”. Eran muchas las ganas de subir, de superarnos, de conseguirlo, de tener ese memorable selfie de grupo en la cima, pero las condiciones no eran, ni mucho menos, las idóneas. Como dijo Alberto “Si continuamos seguramente no pasará nada, pero es un riesgo que no estoy dispuesto a asumir”. La verdad es esa, habíamos ido para aprender, para divertirnos y eso ya lo habíamos cumplido con creces. No hay ninguna razón para asumir riesgos, por bajos que sean o nos lo parezcan, ahí están, y nunca hay que olvidarse de que las cosas no pasan hasta que pasan. Me siento muy orgulloso de la excursión porque suponía un reto importante para todos nosotros, pero más orgulloso me siento de la actitud del grupo acatando las normas sin rechistar y con buen humor, a pesar de que las ganas de subir eran muchas, y llevábamos mucho tiempo esperando conseguirlo. 
 
Emprendimos la vuelta descendiendo a buen ritmo hasta reencontrarnos de nuevo con el rumor del agua discurriendo por el barranco del Escalar. Ahí los guías decidieron tomar un camino diferente para dibujar un recorrido circular. Pudimos ver una plantación de pinos, con sus acículas verdes repletas de nieve, cuyo cometido es la protección de la estación de Astún frente a avalanchas. Entre ellos había situadas unas vallas de hierro y madera que también sirven para frenar la fuerza de la nieve ante un posible alud. Gracias a estos elementos, esta ladera, a pesar de tener una importante inclinación, es segura. Después de transitar por ella nuestro camino finalizó en un terraplén justo antes de llegar a la carretera. Allí, los guías prepararon una cuerda para que pudiéramos bajar haciendo rápel. Una vez agarrada la cuerda de mi arnés procedí a dar pasitos para bajar por aquella cuesta, y, os lo recomiendo: ¡está súper chulo! Aunque tengo que reconocer que llegó un momento que me torcí un poco y acabe el rapel por los suelos. Eso sí, me consta que no fui el único...
 

La discapacidad visual no es una limitación para la aventura

Tras finalizar la excursión a eso de las cuatro de la tarde, nos fuimos a comer todos juntos unos huevos fritos al Mesón Albergue Aysa, justo en la frontera, que bien merecidos nos los teníamos después de toda la caminata. Tras la agradable velada de grupo, llegó el momento de despedirnos de nuestros guías con la mirada puesta en la próxima salida y pensando también en un segundo asalto al Pico de los Monjes, al fin y al cabo él siempre estará ahí esperándonos. Así que nos montamos en la furgoneta y emprendimos nuestro viaje de regreso hasta Zaragoza dejando atrás todo aquel paisaje blanco y nublado mientras la nieve continuaba cayendo suave sobre las laderas de las montañas. Al llegar a nuestras casas, ya habíamos recibido este fantástico vídeo realizado por David con imágenes de su dron, y al día siguiente recibimos un video-documental por parte de Luis. Sin embargo, la mayor sorpresa ha sido nuestra reciente aparición en La Sexta Noticias. Todo el grupo estamos muy agradecidos al informativo y su equipo por la difusión recibida, que seguro servirá para que otras personas con discapacidad se atrevan a salir a la montaña. No obstante, creo que lo más importante es haber podido mostrar a la sociedad cómo las personas con discapacidad visual también somos capaces de realizar actividades que entrañan cierta dificultad y riesgos, y que no todo el mundo se atreve a realizar.
 
Ricardo Badía
ONCE Aragón
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