Familia y sordoceguera
M.ª Victoria Puig Samaniego
M.ª Altagracia Reguera Muñoz
Este
capítulo se basa en la convicción de que la unidad familiar es de vital
relevancia para cualquier individuo, tanto en esta como en nuestras sociedades
más próximas. Se centra en la consideración de la familia como ese primer y,
habitualmente, constante soporte que la misma supone para una persona que
presenta necesidades de atención específicas, como resulta, y quizás sin
parangón, en el caso de la persona con sordoceguera, para quienes sus más
cercanos pueden ser su única conexión con el mundo.
La
intervención profesional con los familiares de este colectivo es decisiva, pues
puede ayudar a conseguir, cuando sea preciso, un cambio de actitudes, así como
a que se aprenda la manera más adecuada de apoyar a su hijo/familiar hasta
conseguir integrarle en una sana dinámica familiar, facilitando a estas
personas su evolución personal y social. La atención a la persona con
sordoceguera debe entenderse, por tanto, desde una doble vertiente: por un
lado, el sujeto en sí mismo, en su educación, rehabilitación o en la cobertura
de las necesidades que específicamente plantee y, por otro lado, el apoyo a su
grupo familiar.
Se
pretende que la lectura de este capítulo conduzca a una primera reflexión
acerca de los sentimientos y necesidades concretos que pueden presentar los
miembros de la familia y el propio individuo sordociego inmerso en ella,
reflexión que quizás ayude en el desempeño de la labor de apoyo que realizan
los diversos profesionales sensibles o relacionados con esta problemática.
1. Introducción a la figura de la familia
La familia es la unidad
básica de nuestra sociedad, es una institución social de carácter natural y es
el primer contexto socializador, donde las personas que lo componen se
desarrollan a distintos niveles (afectivo, social, físico...) según los modelos
y experiencias vividas. Aunque la idea de familia ha ido evolucionando y
cambiando a lo largo del tiempo, adaptándose a la sociedad, sigue teniendo un
papel relevante dentro de la misma, ya que sigue cumpliendo muchas de sus
funciones básicas. Tiene, por tanto, un carácter abierto y de continuo cambio
en busca de un equilibrio tendente a una estabilidad entre los sujetos que la forman,
de tal manera que cualquier cambio que se produzca en uno de los miembros va a
influir de alguna forma en los demás componentes de esta unidad.
El término familia supone la existencia de un grupo
de personas que están unidas por vínculos de parentesco, sean o no
consanguíneos, y por simple que esta unión sea, siempre que tenga lugar este
tipo de organización social, que existan estos lazos, se hablará de familia.
Las
funciones que desempeña varían dependiendo de las diferentes culturas y de la
adaptación de las personas a su entorno. Sin embargo, hay que mencionar de
entre las más relevantes:
·
Función biológica, como es la
preservación de la vida humana. Asegura la perpetuación de la especie.
·
Proporciona a todos sus miembros
estabilidad emocional por crecer en un entorno que les protege y confiere
seguridad.
·
Cubre las necesidades sociales y
económicas. Satisface las necesidades básicas, como techo, alimento, salud…
·
Función educativa, que consiste
en la socialización primaria de los niños, mediante la transmisión temprana de
normas, valores y roles, para que puedan convertirse en un miembro más de la
sociedad en la que han nacido.
Esta institución, como ya se ha mencionado, ha ido
cambiando a lo largo de la historia. Así, la figura de la familia ha pasado por
diferentes momentos:
·
El matriarcado: La figura de la
madre es el centro de ese núcleo familiar y posee la autoridad dentro del
mismo. Ella es la encargada de cuidar y proteger a los hijos mientras que el
hombre se dedica a la búsqueda de alimentos.
·
El patriarcado: La autoridad va
pasando paulatinamente al padre. Al establecerse en un lugar y llevar una vida
más sedentaria, la familia crece. El parentesco es por vía paterna.
·
Familia extendida o extensa: En
ella se incluyen más vínculos consanguíneos además de los de los padres, como
son los abuelos, tíos, sobrinos, primos…
·
Familia nuclear: Formada por el
padre, la madre y los hijos. En ella los padres tienen la responsabilidad del
cuidado y de la educación de los hijos, cubriendo sus necesidades y ayudándoles
a que sean un miembro más de la sociedad.
Sin embargo, en los
últimos años la idea de familia tradicional ha ido evolucionando, motivado por los diferentes cambios sociales, entre los
cuales hay que destacar la mejor preparación educativa de la mujer en todos los
niveles, lo que se ha traducido en su incorporación al mundo laboral. Esta
situación genera la necesidad de ajustar el funcionamiento interno de la unidad
familiar. Así, hoy en día, es frecuente que los distintos miembros que la componen
tengan que compartir papeles y responsabilidades de muchas de las tareas que
con anterioridad estaban a cargo de la madre dentro del ámbito familiar
(cuidado de los hijos, tareas domésticas...). De esta forma, se ha provocado el
nacimiento de una familia más democrática en la que existe, en la mayoría de
las ocasiones, un reparto más equitativo de las funciones.
Por otro lado, dichos
cambios sociales han motivado la aparición de distintos tipos de convivencia,
creando unas nuevas alternativas al tipo de familia nuclear:
1.
Extendida monoparental: En la
que el hombre o la mujer viven con sus hijos y otros familiares.
2.
Parejas en las que uno de sus
miembros convive con los hijos previos de su pareja formando otra unidad
familiar, y los hijos propios conviven con el otro miembro de la anterior
relación. Es frecuente en los casos de familias o parejas separadas.
3.
Familias nucleares que viven con
otros familiares, con personas que no lo son o con ambos.
4.
Familias formadas por parejas
del mismo sexo.
5.
Familias formadas por un hombre
y una mujer sin hijos.
6.
Convivencia de jóvenes con
personas ancianas.
7.
Familias compuestas por un solo
miembro (personas solteras).
Analizando todas estas nuevas situaciones se
observa que existe una relación muy directa entre familia y sociedad, y que los
cambios de esta influyen en los comportamientos familiares. Por tanto, el
concepto de familia implica las relaciones biológicas y sociales entre sus
miembros, y mientras cumpla las funciones antes descritas, resultará una institución
útil en nuestra sociedad.
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2. La aparición de la
discapacidad en la familia. El impacto de la sordoceguera
Como se ha indicado
anteriormente, la familia juega un papel fundamental en el desarrollo de cada
persona y en la integración de los nuevos miembros en la sociedad. Ese rol
esencial es desempeñado de forma conjunta por todos sus componentes, padres y
hermanos (o cualquier otro miembro de la misma), con lo cual, ante una
situación de cambio o de crisis ocurrida en el seno de la unidad familiar, cada
uno de esos componentes debe ser objetivo específico de atención.
La aparición o el
descubrimiento de la discapacidad en un miembro de la familia constituye una de las situaciones que en mayor medida puede
modificar el devenir familiar. El impacto de la constatación de la discapacidad
de una de las personas de la familia influye en la dinámica general de la
familia, en la relación de pareja (o en el responsable único de esa unidad
familiar) y en la relación entre hermanos.
La
discapacidad es un elemento generador de tensiones que desestructura el ritmo
normal de convivencia familiar, sumiendo a sus integrantes en un período de
crisis que, como comentan los diferentes estudios e investigaciones al
respecto, podría especificarse en distintas fases:
·
Impacto inicial tras la
detección de la deficiencia (fase de duelo).
·
Incredulidad y búsqueda de
segundos diagnósticos.
·
Negación del problema.
·
Sentimientos de culpabilidad.
·
Búsqueda de recursos
médicos/asistenciales y educativos.
·
Delegación de la responsabilidad
en terceros (profesionales).
·
Aceptación progresiva de la
discapacidad o, en caso contrario, conductas inadecuadas ante ella, como
sobreprotección, relajación de responsabilidades, abandono…
Según
explica Martín (1999), basándose en los estudios
de Cantavella de 1988, las distintas etapas evolutivas de adaptación que siguen
los padres de niños con discapacidad (en ese caso visual), serían las
siguientes:
1.ª Etapa: Crisis de adaptación, en la que se niega total o parcialmente el diagnóstico, buscándose
segundos diagnósticos o soluciones médicas inexistentes.
2.ª Etapa: Dinámica de adaptación, centrada en las emociones de los miembros de la unidad familiar y,
más concretamente, de los responsables de la misma (mayoritariamente padres),
que recoge sentimientos diversos como culpa, negación, resentimiento y
hostilidad, angustia, depresión, frustración, etc. Todos ellos se traducen en
diferentes formas de actuación hacia la persona con discapacidad, haciendo
especial mención a la actitud negativa susceptible de ser reconducida, la cual
se traduciría en sobreprotección y/o rechazo y en la consiguiente interrupción
del proceso de evolución adecuado del niño o miembro de la familia con
discapacidad.
3.ª Etapa: Posiciones de adaptación: menciona tres opciones posibles que denomina positiva, negativa y
desintegrada, y que vienen a significar el modo en que la familia resuelve su
aceptación y adaptación a la discapacidad del hijo:
·
Adaptación positiva: Aceptación realista de
la situación o cercana a ello.
·
Adaptación negativa: Negación de la
discapacidad y de sus implicaciones. Hace referencia a la aparición de
sentimientos negativos, como la agresividad o la culpabilidad (que pueden
abocar a una indiferencia hacia el problema, real o fingida), pero también a la
oportunidad de aprovechar los mismos de forma positiva, en el sentido de que
pueden manifestar la necesidad de ayuda.
Este período puede y suele ser el más prolongado. Además, en esta
descripción se señala una reflexión curiosa, como es el hecho de que puede
recaerse en esta crisis nuevamente —y con diferentes grados de intensidad— en
distintos momentos del devenir familiar (si aparecieran otras alteraciones o
ante el deterioro visual del niño, en el primer aniversario del niño o en
celebraciones familiares, en los nacimientos de otros niños en el entorno cercano,
cuando el niño se hace consciente de su diferencia, cuando se incorpora a la
escuela y se enfrenta a aprendizajes específicos como el braille, el uso de
bastón, etc.).
·
Adaptación desintegrada: No ha habido adaptación
y las consecuencias de este hecho son irreparables, de forma que se ha
producido la desintegración familiar (disolución de la pareja o familia,
enfermedad o alteración mental de alguno de sus miembros).
Así
mismo, se señala también otro tema importante, como es la consideración de las diferentes
variables que pueden condicionar la
adaptación de la familia a la presencia de la discapacidad:
·
Personalidad de los padres.
·
La relación entre padres y con
otros miembros de la familia.
·
El nivel cultural de la familia.
·
Los recursos económicos.
·
Las características del propio niño.
De esta manera, como reflejan Dickman y Gordon (1986), no todos los padres
están preparados para ser los primeros y últimos defensores de la persona
discapacitada, ni por su situación personal psicológica ni por su formación,
habilidad o entrenamiento para ello, aunque de alguna forma a lo largo de la
vida cada padre va adquiriendo un cierto grado de experiencia en este cuidado.
Algunos de ellos tienden incluso a implicarse e introducirse en el tema desde
una perspectiva laboral, aunque la mayoría están tan ocupados en el cuidado
directo de su hijo discapacitado y en la vida diaria en sí misma que, aunque
quisieran, no podrían abarcar más.
Igualmente,
señalan una curiosa reflexión: «Uno de
los elementos que más caracteriza las vidas de padres de niños con discapacidad
es la constante y repetida búsqueda de ayuda, incluso en la etapa adulta del
niño. Pero con el tiempo el papel de los padres cambia. Ya no solamente buscan
información y ayuda, sino que se encuentran a sí mismos considerando
regularmente opciones y elecciones, incluso enfrentándose nuevamente a la
cuestión de institucionalizar o no, si hacer de la escuela/centro el primer
referente del hijo o no».
Ante
este desajuste personal y familiar es necesario que los profesionales
intervengan con la unidad familiar en su conjunto.
La sordoceguera es una discapacidad que, como se ha mencionado en
anteriores capítulos, está en proceso de ser reconocida como tal de manera
oficial, por lo cual es aún poco conocida por la sociedad en general. Esta
situación es más frecuente en localidades de tipo rural o alejadas de grandes
centros urbanos, en los que se cuenta con más recursos e información.
Sin embargo, la concienciación social con respecto a la deficiencia
visual o ceguera facilita el acercamiento de las familias a la Organización
Nacional de Ciegos Españoles, ONCE, lo cual se traduce en la derivación de esta
persona hacia el Programa de Atención a Personas Sordociegas de la misma.
La familia que se
enfrenta a la sordoceguera, independientemente de su nivel madurativo personal
y familiar, va a pasar por las mismas fases o etapas descritas, referentes al
impacto de la discapacidad en la familia. Pero en el caso concreto de la
sordoceguera, a estas consideraciones se les debe añadir otra serie de
dificultades específicas que complican singularmente el funcionamiento
familiar.
Para facilitar la comprensión de las diferentes implicaciones que
conlleva la sordoceguera como discapacidad específica, se van a examinar, de
manera más exhaustiva, las reacciones y emociones de las familias, agrupándolas
en tres grandes bloques.
Foto 1. Acogimiento y orientación
inicial de una familia

2.1. Familias con personas con sordoceguera
congénita
Incluye aquellas familias que
tuvieron un niño nacido con sordoceguera o que la adquirió a una edad muy
temprana.
En la mayoría de los casos es fácil encontrarse con una detección
tardía o errónea de esta discapacidad, con las consecuencias que esto supone
tanto para la unidad familiar, como especialmente para la propia persona
sordociega.
En ocasiones, son los propios padres quienes, en la convivencia y
observación diaria del niño, detectan que, además de la deficiencia
diagnosticada en el nacimiento (visual o auditiva), su hijo presenta una
segunda pérdida sensorial.
Sin embargo, hay que
señalar que en los últimos años el número de casos detectados de niños
prematuros que presentan problemas visuales y auditivos en diferentes grados ha
aumentado. Esta detección precoz facilita una intervención temprana y ajustada
a sus necesidades, pero, en contrapartida, el impacto que la noticia de esta
discapacidad produce en los padres conlleva la necesidad de un planteamiento de
intervención paralela a la del niño, que facilite a la familia el ajuste a la
sordoceguera.
2.2. Familias con personas que presentan una
primera pérdida sensorial (visual o auditiva) y que posteriormente adquieren la
sordoceguera (segunda pérdida)
La familia pasa primeramente por el proceso descrito de adaptación a
la discapacidad y, posteriormente, pasado algún tiempo (en algunos casos puede
coincidir con el período de adolescencia de la persona), debe volver a
enfrentarse a la aceptación de una nueva discapacidad: la sordoceguera.
El impacto de este
segundo diagnóstico y la forma de reacción ante él es
diferente dependiendo de cada familia y va a determinar actuaciones
posteriores. En cualquier caso, la familia va a quedar fuertemente impresionada
e incluso desestructurada durante un período más o menos largo. Esta
situación provoca un retroceso a las fases anteriores, en el que se despiertan
sentimientos y emociones dolorosos vividos con anterioridad y que parecían
estar en proceso de superación.
Ante estas nuevas circunstancias surgen los problemas que se derivan
de la aparición de la segunda pérdida sensorial. Si la persona era sorda y en
su comunicación se apoyaba, por ejemplo, en lectura labial, la nueva situación
visual le impedirá dicha estrategia comunicativa, por lo que cada vez serán más
frecuentes las dificultades en los intercambios comunicativos con los demás.
Cuando la persona manejaba con fluidez la lengua de signos y ahora, como
consecuencia de su pérdida sensorial, su campo visual queda reducido, no comprenderá
toda la información que se le trasmite. Igualmente, en el caso contrario, si se
trata de una persona con pérdida visual que adquiere problemas auditivos, las
dificultades comunicativas también quedan patentes: el cansancio del resto de
los miembros al tener que repetir los mensajes o el aislamiento que sufre de su
entorno también repercutirán en su dinámica familiar.
En algunos casos puede darse la circunstancia de que la propia unidad
familiar oculte conscientemente a la persona sordociega el nuevo diagnóstico o
pronóstico y posible evolución de su discapacidad, incluso asumiendo
previsibles riesgos físicos para la persona. Esta ocultación puede continuar
hasta que se evidencien los síntomas de la nueva discapacidad. En este sentido,
no siempre la familia presenta una actitud abierta hacia la intervención de los
profesionales, negando a este familiar la realidad de su problemática,
evitando, por ejemplo, el contacto con las entidades que le pueden aportar
recursos y ayuda específica como persona sordociega, negándole en último
término la posibilidad de que realice el reconocimiento y aceptación de su
propia sordoceguera. En la mayoría de ocasiones esta postura de rechazo cambia
pasado un tiempo que, por otra parte, también es necesario para que esta se
amolde y se adapte a la nueva situación. En otras circunstancias el
desencadenante de este cambio es provocado por una situación extrema o
peligrosa que se ha vivido dentro de la dinámica familiar y que les hace
reaccionar de manera brusca, «obligándoles» a cambiar y a aceptarlo. En
consecuencia, puede perderse un tiempo valioso para apoyar tanto a la persona
afectada como a su entorno.
2.3. Familias con personas que presentan
sordoceguera adquirida
Corresponde a aquellos casos en
los que la sordoceguera se presenta en uno de los componentes de una unidad
familiar de manera repentina, y las dos pérdidas sensoriales casi de manera
simultánea o en un período de tiempo relativamente corto.
El choque en el funcionamiento
familiar es igualmente impactante, ya que la familia no ha conocido nunca la
discapacidad como algo propio y contaban con un funcionamiento familiar normal
que ahora, debido al descubrimiento del problema, deben replantearse de manera
inmediata. En los primeros momentos incluso puede generarse una situación de
incomunicación, ya que no se conoce una fórmula de entrada de la información
con esa persona. Esto no solo provoca una serie de emociones, angustia,
depresión y pensamientos negativos en la persona que lo sufre, sino que también
la vivencia negativa de los familiares y las personas de su entorno es muy
significativa y condicionante para el ajuste del sujeto implicado. Es
necesario, por tanto, buscar, de manera inmediata, una solución que dé
respuesta a esta primera consecuencia producida por las pérdidas sensoriales de
manera tan repentina y que, entre otros efectos, bloquea el acceso comunicativo
con ese sujeto.
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3. Necesidades intrínsecas
de la unidad familiar a raíz de la presencia de la sordoceguera en uno de sus
miembros
Independientemente del grupo de
sordoceguera de que se trate, el punto común a todos ellos viene determinado
por los aspectos más identificativos de esta discapacidad, que son el comunicativo y la necesidad de utilizar el tacto como canal de información (ya
mencionados en el capítulo 5).
Precisamente, y a pesar de
tratarse de los aspectos más significativos de la misma, son los más difíciles
de asumir por los miembros de la unidad familiar, pues suponen un cambio
conceptual en su forma natural de actuación como individuos (al tener que
recurrir al uso del tacto y a sistemas de comunicación específicos) y como
parte integrante de una sociedad que, mayoritariamente, no está preparada para
dar respuesta a esta discapacidad.
De esta forma, la presencia de
la sordoceguera genera en la persona y en su familia una serie de necesidades
específicas que se deben considerar de cara a la intervención con las familias
de este colectivo. En este sentido, las necesidades más significativas y que
habitualmente se suelen presentar son las siguientes:
·
Necesidades médicas.
·
Necesidades económicas.
·
Necesidades de apoyo psicológico.
·
Necesidades formativas.
·
Necesidades en la etapa adulta.
·
Necesidad de respiro familiar.
·
Necesidad de asociacionismo familiar.
Hay que señalar que, a pesar de
que todas estas necesidades suelan ser comunes, las características
individuales de cada caso y de su correspondiente unidad familiar darán lugar,
según el grupo de persona sordociega del que se trate y de sus características,
a que algunas de estas aparezcan en distintos momentos del devenir de la
familia, solapándose entre sí, e incluso siendo conveniente priorizar la
atención de alguna sobre otra.
El diagnóstico de la
sordoceguera lleva implícito la necesidad de contactar o recurrir de manera
habitual a diferentes especialistas médicos. En el análisis de esta necesidad
se contempla la dificultad del diagnostico precoz y certero, lo que aboca a la
familia a tener que consultar a distintos profesionales. El enfrentamiento a
una segunda pérdida sensorial implica nuevamente visitas a expertos clínicos en
la materia. Igualmente, cuando la causa de la sordoceguera se trate de una
etiología que tenga carácter progresivo y hereditario, conllevará revisiones
periódicas o estudios genéticos, como es el caso de las personas con síndrome
de Usher, así como en aquellos síndromes o casos concretos de niños con
sordoceguera donde esta vaya acompañada de otras deficiencias o déficit
añadidos, las necesidades de atención médica se verán agudizadas.
Aunque es habitual que
las familias, en un primer momento, solo contemplen el recurso médico como la
única solución viable a esta discapacidad y depositen toda su confianza en las
intervenciones médicas, los tratamientos farmacológicos, las ayudas ópticas y
visuales, etc., suele ser un problema cuando los padres, esposos u otros
miembros se quedan estancados en esta fase de búsqueda exclusiva de soluciones
médicas. Estas circunstancias suelen dificultar la intervención paralela de
otros profesionales, puesto que la receptividad que muestra dicha unidad familiar
a las orientaciones propuestas, a la realización de distintos programas de
intervención, etcétera, quedan relegados, cuando no bloqueados, por la creencia
de que la solución médica es la vía para paliar o remediar todas las
implicaciones que conlleve la sordoceguera.
Independientemente, hay
que considerar la importancia de esta necesidad que, como se ha analizado, va a
estar presente en los distintos momentos de la vida de las personas de este
colectivo. En este sentido, a continuación se analizan algunas de las posibles
consecuencias que, derivadas de esta necesidad, suelen afrontar las familias.
·
Desconocimiento de esta
discapacidad.
Hoy en día, aunque se realiza más tempranamente el
diagnóstico de la sordoceguera, todavía no existe un reconocimiento oficial de
esta discapacidad. Esta situación implica consecuencias negativas, como es el
retraso en el inicio de la atención, las malas derivaciones hacia otros
programas o servicios, intervenciones no ajustadas a las necesidades reales...
lo que implicará, entre otros aspectos, una pérdida de tiempo esencial para la
actuación temprana.
Por ello, es constante la aparición de
medidas y propuestas de actuación con respecto a la prevención, detección y diagnóstico precoz de las distintas
minusvalías que en nuestra población, dada especialmente su heterogeneidad, se
aprecia muy necesaria y de vital importancia.
·
Diagnóstico incompleto o tardío.
En general en cualquier discapacidad y
de manera más concreta en la sordoceguera, el diagnóstico tardío (o la lentitud
en la realización de pruebas concluyentes) es uno de los problemas más
frecuentes reconocidos por los organismos competentes en la materia que
aparecen al considerar las situaciones de salud y seguridad de la persona
discapacitada.
Hay que tener en cuenta, en el caso que nos ocupa,
que no siempre se diagnostican las pérdidas sensoriales de manera simultánea.
Es frecuente que si el bebé nace con una importante afectación general, no se
detecte una de estas pérdidas, o que sean los mismos padres quienes, pasado ya
un tiempo, descubran que algo no va bien cuando las respuestas sensoriales no
son las esperadas e inicien nuevamente los trámites médicos para descartar o
confirmar esta sospecha.
En los casos en que el diagnóstico sea a posteriori, cuando la persona
sordociega es un joven o un adulto, las consecuencias de este análisis tardío
afectan tanto al individuo, que seguramente no haya estado incluido en un
servicio adecuado y acorde a sus necesidades reales, como a la familia, que
debe asumir emocional y funcionalmente las consecuencias que dicho diagnóstico
implica.
·
Trasmisión del
diagnóstico profesional a la familia.
Son muchas las familias (habitualmente padres) que
se quejan de la forma en que suelen comunicarles la discapacidad de su hijo o
familiar. Estas circunstancias resultan tan impactantes para los mismos que
siguen recordando esos momentos a pesar de haber pasado un tiempo. Se debe
recordar que, previamente al nacimiento, existían expectativas respecto al hijo
que esperaban, por ello, las emociones y pensamientos negativos que aparecen
como consecuencia del diagnóstico siempre están presentes y dificultan, como es
lógico, la información a los padres. En este sentido, partiendo de esta
dificultad de comunicar dicho diagnóstico, sería conveniente sugerir
orientaciones concretas, planteamientos de actuación y/o derivación hacia los
diferentes recursos o red de profesionales que puedan dar una respuesta acorde
a las necesidades, evitando hacer juicios previos de las posibilidades de la persona
que presenta la sordoceguera y que pueden bloquear las futuras actuaciones y
dificultar el proceso de ajuste familiar.
·
Peregrinaje de
un profesional a otro.
Ante la falta de un diagnóstico claro y certero, la
familia se encuentra muchas veces acudiendo a diferentes profesionales, con la
intención de realizar un estudio completo de su hijo para confirmar o descartar
los problemas médicos detectados. Si bien es verdad que la necesidad de obtener
una segunda opinión médica es normal y frecuente en las situaciones personales
y familiares de cualquier individuo a lo largo de la vida, en algunas
ocasiones, la familia con una persona discapacitada, o en el caso que nos
ocupa, sordociega, pretende encontrar en este peregrinaje médico y/o
profesional una «receta mágica» que cure, aunque sea a largo plazo, todos los
problemas que han sido detectados. Como se ha mencionado anteriormente, la
búsqueda exclusiva de este tipo recursos retrasa una actuación concreta que
responda a su particularidad como persona con sordoceguera.
·
Necesidad de
revisiones y consultas periódicas al oftalmólogo, otorrinolaringólogo y otros
especialistas.
Las revisiones periódicas que se realizan al
oftalmólogo y otorrinolaringólogo para conseguir el mejor aprovechamiento de
sus pérdidas sensoriales u otra serie de intervenciones para controlar o evitar
el empeoramiento de las mismas, son circunstancias habituales en las que se ven
implicadas las familias. Con respecto a los nuevos avances médicos de los
últimos años habría que destacar las intervenciones de implante coclear (v. capítulo 2),
ayuda auditiva que requiere, además de una prolongada rehabilitación
logopédica, unas programaciones y revisiones periódicas por parte del equipo
médico y técnico correspondiente.
Hay que contemplar, igualmente, otras consultas
médicas que tienen lugar cuando los síndromes que cursan con sordoceguera
requieren también la atención e intervención por parte de otros especialistas
(neurólogo, traumatólogo, fisioterapeuta, cardiólogo...).
·
Dificultades
para realizar las exploraciones e intervenciones médicas.
Cuando la persona sordociega congénita va
haciéndose mayor, o en aquellos casos en que no dispone de un sistema válido de
comunicación, resulta más difícil cada vez poder controlar sus respuestas
espontáneas ante una situación desconocida, y con frecuencia dolorosa, como
puede ser la exploración de un profesional médico (dentista, ginecólogo...).
Aunque esta situación puede ser trabajada previamente por los profesionales
(maestros, mediadores, psicólogos...) que están en contacto con la persona
implicada, y que pueden acompañar o sugerir estrategias para tranquilizar y,
por tanto, facilitar el reconocimiento, requiere igualmente una determinada
actitud favorecedora por parte del especialista médico. Por ello, es importante
la utilización de distintos recursos que faciliten la comprensión de la
situación desconocida por parte del sujeto con discapacidad.
En los casos de la población infantil, este hecho
puede complicarse aún más, puesto que ante la necesidad de una exploración o,
por ejemplo, la extracción de una pieza dental, puede tenerse que recurrir a la
anestesia total como recurso que asegure dicha intervención médica.
Las personas
con discapacidad necesitan recurrir a servicios específicos a través de los
cuales se pretenden paliar los efectos que esa situación conlleva, intentando
suplir las diferencias que esta persona pueda presentar con respecto al resto
de la población.
En
muchas ocasiones las necesidades específicas generan costes elevados, de forma
que, además de todas las circunstancias que la familia tiene que superar para
hacer frente a la discapacidad, debe reajustar su presupuesto interno con la
inclusión de una serie de gastos que inciden sobre el equilibrio de la economía
doméstica.
En el
caso concreto de la sordoceguera las necesidades son muy diversas, pues al ser
una discapacidad sensorial tan limitante requiere una atención muy
individualizada y una serie de servicios especializados que engloban la
generalidad de áreas del desarrollo de una persona, lo que da lugar a la
necesidad de realización de gastos muy diversos.
Las
personas sordociegas y sus familias pueden necesitar costear, en muchas
ocasiones de forma simultánea:
·
Ayudas ópticas y visuales.
·
Ayudas auditivas y para la
comunicación.
·
Ayudas técnicas para el hogar.
Al hablar de cualquier tipo de ayuda técnica hay que considerar el
elevado coste de la misma, pues habitualmente se trata de materiales muy específicos
y que requieren una tecnología concreta y no incluida en el mercado
convencional. Muchas veces incluso se trata de materiales que deben ser
importados de otros países, circunstancia que eleva aún más los costes. Por
otro lado, muchas de las ayudas, principalmente las que directamente intentan
paliar la deficiencia sensorial (bien la visual, bien la auditiva), deben
renovarse con relativa frecuencia para que sigan cumpliendo con eficacia su
función. Algunas, como los implantes cocleares, requieren incluso intervención
quirúrgica y todo un proceso sanitario que no siempre se incluye dentro del
régimen público de cobertura médica de la Seguridad Social, lo que de igual
modo dispara los costes.
·
Tratamientos de rehabilitación:
logopedia y fisioterapia.
Estos tratamientos suelen ser frecuentemente prescritos en la
intervención con personas sordociegas. La rehabilitación del lenguaje es básica
para toda persona con pérdida auditiva y, en mayor medida, para una persona con
sordoceguera. La fisioterapia suele ser precisa en muchos casos, especialmente
en aquellos de sordoceguera congénita asociados a otros síndromes cuya
etiología lleva aparejada otras implicaciones en el estado de salud de la
persona y, especialmente, en casos con problemas en el desarrollo motor. No hay
que olvidar que, en ocasiones, dichos síndromes llevan aparejados problemas en
las diferentes áreas del desarrollo.
·
Gastos en concepto de
«transporte».
En la mayoría de los casos, los escasos servicios específicos se
encuentran a gran distancia de la zona de residencia de la familia, incluso en
otra provincia o comunidad autónoma.
·
Gastos derivados de la
escolarización.
Al existir opciones educativas específicas en puntos geográficos muy
concretos, y dado que en los centros educativos ordinarios o específicos de
otras discapacidades no suelen tener conocimiento ni formación adecuada para
atender correctamente a la persona sordociega, en muchas ocasiones ha de
contarse con la presencia de profesionales específicamente formados en sordoceguera
que puedan hacer de puente entre la persona sordociega y el entorno educativo.
Normalmente, una de estas personas es el mediador, figura que viene siendo
asumida y costeada por las entidades que trabajan específicamente con este
colectivo (v. capítulos 6 y 8).
Para
ayudar a la unidad familiar a hacer frente a todas estos gastos existe un
sistema público de prestaciones (que complementa las prestaciones concedidas a
través del régimen sanitario y que ya es específico del sistema de Servicios
Sociales) establecido en base a la consideración de las necesidades de la
persona que presenta cualquier tipo de discapacidad, que, previa solicitud por
parte del interesado, justificación documental por su parte de la necesidad de
dicha prestación y bajo la obligatoriedad del cumplimiento de una serie de
requisitos concretos, ofrece subvenciones de carácter total o parcial,
dependiendo de las circunstancias.
La
dificultad vuelve a darse en la necesidad de consideración, para determinadas
peticiones, de la sordoceguera como discapacidad singular: por ejemplo, en el
caso de las prestaciones para movilidad, dirigidas a personas con discapacidad
física, pero limitadas a personas con problemas de movilidad por deficiencia
sensorial extrema.
Estas
prestaciones contemplan los siguientes conceptos:
1. Atención especializada:
1.1.
Atención en centros en régimen de residencia.
1.2. Tratamientos
rehabilitadores (fisioterapia, logopedia, terapia ocupacional, etc.).
2. Movilidad:
2.1.
Adquisición y adaptación de vehículos a motor.
2.2.
Eliminación de barreras en vehículos a motor.
2.3. Adquisición de sillas de
ruedas no contempladas por el sistema sanitario.
(Los puntos 2.1 y 2.2 no precisan ser demandados por este
colectivo).
3. Adaptación funcional de la
vivienda.
4. Adquisición de audífonos,
gafas y lentillas, no contempladas por el sistema sanitario.
5. Adquisición de ayudas
técnicas que suplan los efectos de la discapacidad, favoreciendo su autonomía
personal, no contempladas por el sistema sanitario (o por otros organismos
públicos o privados sin ánimo de lucro).
6. Ayudas derivadas de su
discapacidad que, por su carácter excepcional y relevante, deban ser atendidas.
Paralelamente,
la ONCE, en su labor de atención a sus afiliados, entre los cuales se
encuentran las personas sordociegas, además de cubrir aspectos rehabilitadores
derivados de programas de intervención enfocados a aumentar los niveles de
autonomía, educativos, etcétera, que tienen carácter gratuito, cuenta con un
sistema de prestaciones complementarias que incide en las necesidades y
especificidades de la deficiencia visual, aunque igualmente, en ocasiones, las
necesidades que surgen son tan especiales, debido a que se trata de
sordoceguera y no de ceguera/deficiencia visual, que requieren consideraciones
extraordinarias, y por tanto, la concesión de la prestación no siempre es
viable. Las asociaciones específicas de sordoceguera (ASOCIDE, APASCIDE) tienen capacidad muy limitada de
apoyo económico a la persona y su unidad familiar.
3.3. Necesidad de intervención psicológica
Conseguir la normalización en la vida de una
familia con un miembro sordociego supone la aceptación, adaptación e
integración de esa persona en la dinámica familiar.
El que tenga o no lugar esta aceptación dependerá
de muchos factores. Sarto (2001)
destaca las características emocionales y personales de sus padres, las
relaciones de pareja, la dinámica familiar, los apoyos sociales externos, el
orden de nacimiento del recién nacido, el nivel sociocultural y económico,
entre algunos de los más significativos.
Es natural pasar por las distintas etapas antes
descritas, puesto que ayudan al proceso de ajuste emocional. Por tanto, sentir
dolor, frustración, enojo y todas las demás emociones humanas que se
desencadenan por haber tenido un hijo sordociego son normales, ya que, como
padres, se es consciente de todas las cosas que no podrá llegar a conseguir o
no va a poder realizar nunca. Sin embargo, el problema comienza cuando no se es
capaz de seguir adelante y superar las distintas fases, quedándose bloqueados
sin saber salir de esa situación.
Los padres son las personas más cercanas al niño,
joven y adulto sordociego, y son sobre quienes, en definitiva, recae la
responsabilidad, tanto presente como futura, de su hijo. Las actuaciones que lleven
a cabo, el grado de comunicación que consigan establecer con este, el afecto
que le ofrezcan, así como el estado emocional que los padres posean, son
algunos de los aspectos más significativos que repercutirán directamente en el
desarrollo de esta persona.
Sin embargo, este estado de estrés continuado al
que está sometida la familia en general, y cada uno de los miembros en
particular, por el cuidado y la atención del hijo sordociego, afectan
directamente a la vida de pareja, a la relación con los otros hijos (si estos
existen) y a las relaciones con todo su entorno social. La presencia, por
tanto, de la sordoceguera produce importantes cambios en los hábitos
familiares, haciendo que cambien brusca y radicalmente los planes y proyectos
que tenía la pareja o la familia. En muchas ocasiones se puede hablar de su
relación antes y después de la sordoceguera sobrevenida en la unidad familiar.
Brown (1995) comenta que, en su experiencia
como padre de un joven sordociego, se da cuenta de que la concentración que
requiere el estar pendiente del desarrollo de su hijo puede suponer el no
cuidar su propio desarrollo como persona. Esta situación que él describe como
particular es muy frecuente en otros padres con igual problemática, puesto que
las necesidades y los problemas a los que hay que ir dando respuesta duran toda
la vida y están presentes en todo el desarrollo evolutivo de la persona
sordociega.
Independientemente, por tanto, del apoyo psicológico y de las
orientaciones de profesionales específicos que van a necesitar para enfrentarse
a la discapacidad de su hijo, hay determinadas familias o algunos de sus
miembros que, por diversas variables personales o ambientales, van a precisar
una intervención psicológica más prolongada que les permita resolver aspectos
más concretos e individuales, con el objeto de restablecer un funcionamiento
familiar o personal alterado por no encontrar la forma de canalizar y encauzar
sus sentimientos y emociones.
Los
motivos por los que frecuentemente se requiere una intervención psicológica
son:
·
Uno o los dos padres no aceptan
la sordoceguera de su hijo.
En ocasiones es difícil, sobre todo en el inicio, poder
aceptar las pérdidas sensoriales que conlleva esta discapacidad. Esta situación
puede llevar a ocultar consciente o inconscientemente la sordoceguera y, por
tanto, a no tomar las medidas para enfrentarse a esta situación. Todas estas
circunstancias se agravan cuando a la familia se le indica que se han de buscar
otras formas alternativas de comunicación, puesto que los restos sensoriales no
le permiten a la persona con sordoceguera recibir la suficiente información
como para estar en contacto con el entorno. Puede pasar un tiempo hasta que
ellos empiezan a aceptar esta nueva situación.
·
Solo uno de los miembros asume
toda la responsabilidad de la persona discapacitada.
Las decisiones que se deben tomar respecto a esa persona
recaen siempre sobre el mismo miembro y, por tanto, no siguen un proyecto común
de familia. Esto genera en esa persona mucho desgaste personal, sentimientos de
ansiedad por la responsabilidad no compartida y sentimientos de soledad que,
con frecuencia, pueden desembocar en estados depresivos. En este sentido, la
ruptura de esa unidad familiar, o incluso el abandono por parte de uno de los
miembros, son algunas de las decisiones extremas que, en ocasiones, esta
situación puede provocar.
·
Se delega la educación y la
responsabilidad del progreso de su hijo en los diferentes profesionales.
Ante el desbordamiento que implica tener que asumir
algo para lo que no solo no se está preparado, sino tampoco formado, la familia
suele ponerse en manos de los diferentes expertos en sordoceguera con el fin de
que les puedan orientar sobre la misma. Sin embargo, puede ocurrir que, ante
esa situación de aparente relax que supone poder compartir el problema con los
profesionales, la familia llegue a no implicarse en el proceso educativo,
evolutivo y social que requiere la integración de su hijo. En otras ocasiones,
esta falta de implicación se refleja a la hora de cumplir los objetivos que los
profesionales proponen, en el establecimiento de límites o normas de actuación,
así como en el nivel de exigencia. Si se analizan los posibles motivos, los más
significativos tienen que ver con la dificultad de encontrar estrategias que le
sirvan como modelos y que faciliten la comprensión hacia la persona
discapacitada, así como hacia la necesidad de utilizar otros sistemas de
comunicación alternativos al suyo.
·
La familia
mantiene una actitud de sobreprotección hacia el individuo sordociego.
Requiere
a veces más tiempo aún que la familia confíe en las distintas posibilidades de
la persona sordociega. Se encuentran, en ocasiones, centrados en todo lo que no
puede hacer, y no tienen en cuenta ni estiman las aptitudes y facultades que
poseen o pueden aprender con un entrenamiento adecuado. Esto impide o dificulta
el desarrollo o la puesta en marcha de determinados programas encaminados a
conseguir mayor autonomía.
·
El enfrentamiento a cada una de
las diferentes etapas del desarrollo.
El paso por los diferentes cambios que implica el desarrollo de una
persona sordociega le supone a la familia enfrentarse a nuevos retos. Si es
obvia la necesidad de implicación de los padres en la educación de los hijos
cuando no existen deficiencias, en el caso que nos ocupa es más complicado aún
por la falta de modelos para imitar, y porque en muchas ocasiones las
dificultades comunicativas impiden una explicación adecuada que ayude a la
persona sordociega a dar respuesta a sus necesidades. Este crecimiento implica
paralelamente otro tipo de demandas, por lo que, además de hacer frente a las
nuevas situaciones propias de la edad (aunque a veces manifestadas de manera
distinta), deben asumir el final de una etapa infantil o adolescente y entrar
en una etapa como persona adulta.
Estos
son algunos de los comportamientos más frecuentes que origina en la familia la
necesidad de contar con una intervención psicológica, razón que justifica que,
dentro de la mediación con este colectivo, a la vez que se ayuda al sujeto
sordociego tratando de dar respuesta a las necesidades que van apareciendo de
acuerdo a su edad y características personales, es necesario contemplar este
apoyo a su unidad familiar para que pueda seguir siendo el soporte principal
para él. De esta manera, las respuestas que proporcionará este entorno
revertirán en los distintos aprendizajes y en la evolución de dicha persona.
Las diferentes actitudes
que puede presentar cada uno de los miembros de la unidad familiar en el
proceso de adaptación a la presencia de la sordoceguera en su hijo, pueden irse
modificando a medida que son asesorados y van conociendo el concepto de
sordoceguera y las implicaciones que esta tiene como discapacidad.
Como se mencionó en la
introducción del capítulo, la intervención profesional con la familia es muy
importante, dado que ayuda a esta a cambiar su funcionamiento interno (mientras
van pasando por las diferentes fases de aceptación descritas anteriormente). De
esta forma, se le facilitarán al propio miembro sordociego, desde el ámbito
familiar, diferentes aprendizajes que no solo le ayudarán en su proceso de
desarrollo y educación, sino que además, contribuirán a la creación e integración
de una dinámica familiar lo más normalizada posible. En este sentido, la
intervención familiar debe contemplar de manera paralela tanto al individuo que
padece la discapacidad, como a su grupo familiar.
Es imprescindible, por
tanto, la existencia de una colaboración profesionales-familia, sin la cual no
tendrá validez la actuación que intente desarrollarse con el sujeto que sufre
la sordoceguera, pues la falta de consistencia en la actuación hacia la misma
dará lugar a que este sujeto, que tiene limitada su posibilidad de conocer el
mundo que le rodea, no acabe de aprender o asimilar los modelos adecuados que
le permitan integrarse en la sociedad que le incluye. Por ello, es fundamental
concienciar a la familia de la importancia de esta colaboración e implicación
de los miembros de la unidad familiar en el proceso educativo de la persona
sordociega, evitando así la delegación de responsabilidades en los
profesionales, quienes encuentran importantes dificultades para actuar
unilateralmente.
Es igualmente importante,
como se ha expuesto, que las personas de la familia comprendan las diferentes
implicaciones que conlleva la sordoceguera, de forma que puedan tratar a la
persona que la padece de la mejor manera posible, propiciando que esta adquiera
un buen nivel de autonomía, que va a repercutir positivamente, a su vez, sobre
el funcionamiento de la propia unidad familiar.
En este sentido, uno de
los primeros aspectos a considerar en la formación a la familia es la propia
heterogeneidad de la población de personas con sordoceguera. En el caso de
familias en las que uno de sus componentes presenta sordoceguera adquirida, el
problema principal será la necesidad de adaptar la comunicación y recuperar la
capacidad de comunicarse con su familiar, interrumpida al sobrevenir la pérdida
sensorial. Si se trata de sordoceguera congénita, el principal problema se
centra también en la comunicación, pero en este caso en la imposibilidad de que
el niño entienda lo que se le quiera indicar y exprese sus sentimientos y necesidades.
Pueden sentirse abrumados por los problemas de comportamiento que suelen
derivarse de esta incomunicación y por su futuro incierto.
La
familia requerirá formación más detallada en una serie de aspectos
intrínsecamente derivados de la sordoceguera, tales como:
·
Concepto de sordoceguera. Grupos
de población y factores que la determinan.
·
Comunicación.
-
Necesidades comunicativas e
implicaciones de la incomunicación.
-
Sistemas alternativos de
comunicación.
·
Diferencias en el desarrollo de
la persona sordociega.
·
Adecuación de las pautas
educativas. Intervención de la familia ante los comportamientos problemáticos.
·
Integración de la persona
sordociega en la unidad familiar, consiguiendo que sea un componente activo y
participativo.
·
Forma conveniente de potenciar
su autonomía.
·
Favorecimiento de asunción de
responsabilidades por parte de estos sujetos.
Intervenir
en la unidad familiar significa capacitarla para ser una parte activa en la
adecuada evolución de la persona sordociega. Para ello, es importante que
cuenten con una serie de servicios de apoyo que les ayuden en la crisis
personal y grupal, como se indica más adelante en el capítulo 8. El primero de estos
servicios es el de detección y acogida, estrechamente ligado al ofrecimiento de
información y asesoramiento específico sobre la sordoceguera y a la red de
recursos orientados a la atención de las personas que presentan esta
discapacidad.
Es
importante que puedan ser orientados desde el consenso de las distintas
disciplinas que intervienen en la atención a esta población, para que sus dudas
puedan ser canalizadas adecuadamente.
La
intervención con la unidad familiar debería desarrollarse de dos formas: a
través de la atención como familia individual y, en determinadas ocasiones,
mediante la inclusión de dicha familia en un grupo formado por otras familias
de personas sordociegas.
El
trabajo individual permite incidir en los aspectos en que esa familia tiene más
dificultades, y el trabajo grupal permite a esta contrastar sentimientos y ver
diferentes soluciones ofrecidas por otras personas ante problemas similares.
Sin embargo, no todas las familias tienen posibilidad y/o disponibilidad para
asistir a reuniones grupales. En determinados casos, esta puede no ser capaz de
expresar públicamente su realidad o puede transmitir su nivel de angustia al
resto de las familias, que igualmente pasan por momentos difíciles.
En este
sentido, desde el Programa de Atención a Personas Sordociegas de la ONCE, se
han puesto en práctica diferentes experiencias de formación grupal a las
familias: jornadas formativas, convivencias con las familias y escuela de
padres.
Foto 2. En la intervención familiar
resulta muy beneficioso el poder compartir experiencias, de manera conjunta, familia,
personas con sordoceguera y profesionales que medien en las actividades
semi-dirigidas y de ocio

3.5. Necesidades en la etapa
adulta
El paso
a la etapa adulta de la persona sordociega requiere en sí misma una
consideración especial. En este sentido, habría que establecer dos bloques
determinados por la capacidad, o la falta de ella, de autogobierno de la
persona. Esto es así dada la heterogeneidad del colectivo que, como se ha
explicado, y en base a los factores rectores de esta discapacidad, caracteriza
a la población de personas con sordoceguera. En este sentido, aunque ha sido
mencionado en el capítulo 5,
es importante tener en cuenta la actitud de la persona hacia la
autodeterminación. Verdugo (2001)
destaca algunos de los elementos que incluiría este concepto, como son: la
elección y toma de decisiones, resolver los problemas, establecer sus propias
metas y adquirir sus habilidades, la autoeficacia y las expectativas de
resultados, el lugar de control interno, el autoconocimiento y la comprensión.
Teniendo en cuenta este concepto y analizando las dos situaciones antes
descritas de autogobierno, la intervención profesional y el apoyo familiar será diferente en función de las situaciones descritas.
Vamos a considerar ambas posibilidades de forma aislada:
1-
Personas sordociegas adultas que
no han alcanzado la posibilidad de autogobernarse.
Este
grupo está mayoritariamente compuesto por personas con sordoceguera congénita y
personas sordociegas del resto de grupos de población con deficiencias
añadidas.
Para los
familiares resulta el grupo más incierto cuando se detienen a pensar en sus
posibilidades futuras y en la resolución que se ofrecerá a su necesidad de
apoyo cuando sus responsables primeros, habitualmente los padres, falten.
La
incertidumbre viene provocada por diferentes variables:
·
Falta de persona que asuma la
responsabilidad de la atención a la persona con sordoceguera.
·
Conciencia de la necesidad de
cuidados continuos y la consiguiente situación de dependencia y sobrecarga para
el responsable que esta atención genera.
·
Conciencia de la dificultad de
comunicación de esta con personas ajenas a su entorno habitual.
·
Conciencia de las implicaciones
económicas que la presencia de la persona discapacitada ocasiona en el
presupuesto familiar.
·
Dificultad de aceptación
voluntaria por terceros de las dos consideraciones anteriores, valoradas de
forma conjunta.
·
Dificultad de ofrecimiento de
una adecuada calidad de vida a la persona con sordoceguera de estas
características, conociendo las limitaciones en la existencia de recursos
específicos.
De esta
forma, la solución necesaria y habitual suele ser la incapacitación total o
parcial (legalmente tramitada o no) de la persona sordociega que no es capaz de
autogobernarse, de cara a la consiguiente designación
de nuevo tutor, que asuma las responsabilidades anteriores y se convierta
en el nuevo referente principal para la persona que presenta sordoceguera.
Esta
circunstancia se resuelve habitualmente dentro del entorno de la familia
nuclear o extensa, es decir, en el seno de la propia unidad familiar o a través
de parientes cercanos. Son muy pocos los casos de personas con sordoceguera de
las características descritas (adultos con incapacidad de autogobierno o
aquellas que son menores de edad, con lo cual aún no se pueden determinar con
certeza sus posibilidades y capacidades reales de cara a la edad adulta) cuyos
cuidados son asumidos por personas no relacionadas por consanguinidad o
proximidad a esta deficiencia específica: adopciones, tutela, custodia, etc.
Por todo
lo explicado, y ligando exposiciones anteriores, la familia puede necesitar
contar, en determinadas ocasiones, con programas específicos de respiro.
Paralelamente
a esta realidad, el devenir de las personas sordociegas adultas del bloque
descrito, suele enmarcarse en alguna de las siguientes posibilidades:
·
Permanencia en el hogar
familiar, en situación de inactividad.
·
Compatibilización de la permanencia
en el hogar familiar con la asistencia a centros en régimen de externado, en
los que realicen actividades de día. Nos referimos a centros de día y/u
ocupacionales para personas con minusvalía en general, dada la inexistencia de
recursos específicos en este área.
·
Internamiento definitivo o
referencial (con salidas al domicilio, de diferente periodicidad) en un centro
residencial, que puede ser bien Centro para Minusválidos (público o privado) o
Centro de Tercera Edad, dependiendo de las circunstancias del caso.
2- Personas sordociegas adultas que han alcanzado o
presentan la posibilidad de autogobernarse.
Dentro
de este supuesto estarían los casos puntuales de personas con sordoceguera
congénita que, con educación y entrenamiento adecuados, han podido alcanzar un
adecuado nivel de funcionamiento y autonomía personal, así como las personas
con sordoceguera adquirida (en sí, o como resultado de perder un segundo
sentido habiendo previamente carecido del primero, vista u oído) y que,
igualmente, han podido o podrán, con los apoyos oportunos, regir sus decisiones
personales y desenvolverse por sí mismos.
Igualmente,
hay que referir en este caso la situación paralela de la unidad familiar y de
la persona sordociega en sí misma.
Con respecto a la unidad familiar hay que destacar que, en muchas ocasiones, resulta difícil para los
diferentes componentes de la misma (que pueden incluso llevar largos períodos
de tiempo decidiendo en nombre de la persona sordociega, por ejemplo, en el
paso de niño a adulto) aceptar y potenciar la capacidad de la persona con
sordoceguera de desarrollar su propia madurez, tomar sus propias decisiones y
comenzar su andadura autónoma o semi-independiente.
Para
este favorecimiento familiar de su independencia suele ser necesaria o positiva
la intervención de los profesionales (en la mayoría de los casos, por no decir
en la generalidad, entendida desde una perspectiva multidisciplinar), quienes
pueden reforzar la correcta asunción familiar de momentos críticos o decisivos
del cambio a adulto y a vida independiente de la persona sordociega, tales como
la administración del presupuesto personal, la movilidad de forma autónoma, el
desarrollo en libertad de las relaciones sociales o de amistad de las personas
sordociegas fuera del hogar, la aparición de relaciones sexuales, el ejercicio
de una actividad formativa, ocupacional o laboral, el deseo de emancipación,
etc.
Con respecto al adulto sordociego es vital ser consciente del hecho de que cualquier situación de
cambio conduce o puede conducir a un período de bloqueo (e incluso posible
retroceso) en su evolución personal. Esto viene dado por la propia
significación de la sordoceguera y por la decisiva importancia que tiene, para
las personas que la padecen, la anticipación de situaciones y la preparación
consciente y previa de las mismas, de cara a un adecuado funcionamiento e
integración de la persona en el entorno próximo.
Se trata
de iniciar o retomar un aprendizaje que, como todos los procesos de
instrucción, requiere esfuerzo por parte de la persona (y de sus familiares).
Si la familia tiene que ser capaz de aceptar las realidades que implica el paso
a adulto, arriba indicadas, la persona sordociega tiene que ser capaz de
desarrollar su vida como tal, y debe aprender a hacerlo.
El paso
mas elevado de esta llegada a la etapa adulta es la posibilidad de la
emancipación del domicilio familiar.
Generalmente,
para aquellas personas sordociegas congénitas o para quienes han adquirido la
sordoceguera en la adolescencia suele ser complejo conseguir establecer, en la
etapa adulta, su propia unidad familiar, bien por la sobreprotección familiar,
bien por la falta de estrategias para establecer relaciones, bien por la
dificultad de la aceptación (por parte de la posible pareja) de la dependencia
que la discapacidad crea, etc. En este sentido, las opciones de vivienda a las que,
como adultos suelen optar, son las siguientes:
·
Continuar viviendo en su unidad
familiar anterior, habiendo esta sufrido o no modificaciones en sus
componentes.
·
Establecerse de forma
independiente o semi-independiente, de acuerdo a las siguientes posibilidades:
·
Permanencia en piso propio.
·
Residencia en piso compartido.
·
Alojamiento en un centro de
carácter residencial (residencia o centro residencial, en cuyo caso solo pueden
acceder a aquellos de tipo no específicos arriba indicados, propios de personas
con otras minusvalías o propios de personas de la tercera edad).
Foto 3. El proceso de mediación y
aprendizaje en la persona con sordoceguera adulta favorece su integración
social y familiar

3.6. Necesidad de respiro familiar
Como ya
se ha indicado, la presencia de una persona con sordoceguera en la familia
requiere un esfuerzo continuado para los componentes de la unidad familiar.
Vencer la incomunicación que, a su vez, conlleva la desconexión con el entorno
y la dificultad del establecimiento de relaciones sociales, supone una gran
dependencia de las personas del entorno cercano. Esta dependencia puede generar
muchas tensiones en la dinámica interna de la unidad familiar, así como,
particularmente, en cada uno de los miembros de la familia.
En
muchas ocasiones el apoyo a la persona sordociega dentro de la familia no está
repartido, siendo prácticamente un único componente de dicha familia quien se
encarga de atenderla. Este hecho agrava la situación de dependencia del sujeto
discapacitado, pues se cortan las vías de contacto con las diferentes personas
del entorno y se reduce significativamente el nivel de comunicación de la
misma.
En otros
casos, la unidad familiar entendida en su totalidad ha generado su propio
sistema exclusivo y particular de comunicarse con la persona con sordoceguera
sin haber accedido a los sistemas convencionales alternativos al lenguaje oral,
quedando reducida la comunicación entre ambas a su expresión más básica, lo que
igualmente limita el nivel de autonomía de dicha persona, traduciéndose en
muchos casos en sobreprotección.
Para una
persona que no ve y no oye, el proceso de acceso a la información, o a los
acontecimientos del entorno más cercano, debe ser inducido y no surge de manera
natural, es decir, es necesaria la presencia de una o varias tercera/s
persona/s que, durante el mayor tiempo posible le explique/n lo que sucede
alrededor. De esta forma, la excesiva dependencia que genera esta discapacidad
acarrea un sentimiento de cansancio en las personas cercanas, en los miembros
de la unidad familiar.
A los
familiares les resulta difícil continuar la labor y el ritmo de atención que
inician los profesionales, quienes velan por la persona sordociega enmarcados
dentro de su propia jornada laboral, pues los componentes de ese entorno
familiar han de seguir encargándose de dicha persona en todo momento,
compatibilizando esta atención con el devenir de sus propias responsabilidades
(el trabajo, el hogar, la atención a otros miembros de la unidad familiar que
también requieren atención, tales como niños y ancianos; los estudios, etc.).
En la misma línea mencionada, llegan incluso a tener que renunciar a
actividades propias (salir, pues han de acompañar habitualmente al sujeto con
discapacidad; limitar las relaciones con otros parientes o amigos, por no poder
integrarse en el ritmo de actividades que aquellos desarrollan, etc.).
Esta
situación se complica si la persona con sordoceguera cuenta con un exceso de
tiempo libre no ocupado, de inactividad, en el que toda su tarea suele quedar
restringida a la permanencia en el hogar familiar, lo que, además de conducir a
la situación de cansancio familiar arriba indicado, lleva a la posible aparición
en aquella de problemas de comportamiento, autoestimulaciones y otras conductas
no adecuadas (en los casos de niveles bajo y medio de funcionamiento), o de
soledad, depresiones y pérdida de la realidad (en niveles más altos de
funcionamiento). De igual modo, empeora la situación para la unidad familiar si
el miembro con sordoceguera presenta deficiencias asociadas. Incluso en
aquellos casos en que cuentan con buen nivel de autonomía, la familia sigue
teniendo que estar muy pendiente.
De esta
forma resultan necesarios, al igual que en el caso de otras discapacidades muy
limitantes, los denominados Programas de Respiro Familiar.
Estos
programas tienen una múltiple finalidad:
1- Descargar a la familia, durante un período concreto de
tiempo previamente pactado, de la atención y cuidados que estas personas
requieren.
2-
Potenciar el adecuado establecimiento de la relación familia-persona
sordociega, mejorando la calidad del tiempo que esta pase en familia.
3-
Permitir la normalización de las relaciones sociales del entorno
familiar.
4-
Posibilitar el mantenimiento de la dinámica adquirida por el sujeto
sordociego en su propio proceso de evolución, mediante su inclusión en
actividades dirigidas.
Sin
embargo, es importante considerar la necesidad que la propia persona sordociega
tiene de contactar con su familia y hogar, y concienciar a la familia de la
necesidad que dicha persona tiene de su presencia e implicación. Por esta
razón, la mayoría de los programas de respiro familiar se ponen en práctica una
vez que se ha podido valorar la situación de manera conjunta con los
profesionales dedicados a este colectivo.
Actualmente,
en las distintas entidades dedicadas a la atención de personas con sordoceguera
(ONCE, APASCIDE, ASOCIDE) existen programas de respiro familiar
que cumplen esta finalidad enunciada de descargar de responsabilidades, de
forma temporal, a la unidad familiar, reportando, además, este tipo de programas
un beneficio directo en el individuo con sordoceguera. Las actividades
diseñadas con estos objetivos son:
·
Campamentos para niños y jóvenes
sordociegos.
·
Convivencias para jóvenes y
adultos sordociegos.
·
Otras actividades de ocio y
tiempo libre.
·
Cambio de régimen (temporal) de
asistencia a centro específico, permitiéndose la estancia en internado de algún
niño externo.
·
Presencia de voluntarios en
ocasiones concretas.
3.7. Necesidad de asociacionismo
familiar
En muchas ocasiones,
paralelamente a la intervención profesional que se desarrolla con grupos de
familias cuyos beneficios y dificultades han sido ya expuestos en este mismo
capítulo, resulta muy positivo para los padres la
posibilidad de contactar entre sí, por varias razones:
·
Encontrar en otras familias, a
su vez receptivas y sensibilizadas sobre el problema concreto, una vía cercana
de desahogo de sentimientos y emociones contenidas.
·
Compartir
experiencias similares con familias que presentan parecida o igual situación.
·
Observar la
experiencia previa de otras familias y buscar la solución de problemas
derivados específicamente de la sordoceguera.
·
Generar recursos específicos
propios para atender a las diferentes necesidades específicamente derivadas de
esta discapacidad.
·
Organizarse legal y socialmente,
de forma que puedan ser percibidos como colectivo social a considerar dentro de
las actuaciones administrativas y privadas, pudiendo así realizar, con este
objetivo, diferentes actividades, tales como congresos, campañas divulgativas,
incluso manifestaciones o cualquier otro tipo de experiencias de movilización
social a favor del colectivo.
El
asociacionismo y la creación de grupos de autoayuda es una realidad comprobada
que se viene realizando desde hace años en los diferentes países y al hablar de
cualquier problemática concreta.
Para los
padres/familiares de niños o adultos con sordoceguera, otros padres cuyo hijo
presenta un problema similar supone que estos
entienden como normal lo que para el resto de las familias es una situación
delicada y especial. Los demás padres pueden ofrecer, así, a la nueva familia
un adelanto de lo que acontecerá en un futuro, al igual que ofrecen la
posibilidad de que la familia recuerde etapas anteriores, ya pasadas, lo que,
bien enfocado, puede ayudar a evaluar los logros conseguidos y demás aspectos
positivos propios de la circunstancia presente.
Como
señalan Dickman y Gordon (1986), «los grupos de padres son una ayuda eficaz
tanto por el soporte psicológico como por la guía práctica que pueden ofrecer».
Dichos
grupos pueden hacer que se eliminen sentimientos y actitudes negativas (tales
como sensación de ignorancia, intimidación ante los profesionales, actitud
defensiva, ira, desamparo, sensación de ser dirigidos por terceros sin
desearlo, etc.), aprendiendo a ser asertivos y colaboradores.
Es
importante que los padres sean asertivos, lo que no significa que sean
agresivos, sino persistentes. El objetivo de su asertividad ha de ser el
compromiso, la implicación padres-profesionales, en lugar de la confrontación.
En
España, y al hablar del tema de la ayuda mutua familiar dentro de la
sordoceguera, hay que referirse a la creación y funcionamiento de APASCIDE, como Asociación de Padres de
Sordociegos de España, cuya sede principal actualmente se encuentra en Madrid.
Cuadro 1. Resumen de las necesidades
familiares a raíz de padecer uno de sus miembros sordoceguera
|
NECESIDADES |
ASPECTOS RELEVANTES
|
||
|
MÉDICAS |
·
Desconocimiento
de la discapacidad. ·
Diagnóstico
incompleto. ·
Transmisión
del diagnóstico a la familia. ·
Peregrinaje
de un profesional a otro. |
·
Revisiones
periódicas auditivas y visuales. ·
Dificultades
de realizar dichas revisiones. ·
Asesoramiento
genético a la familia. |
|
|
ECONÓMICAS |
·
Ayudas
ópticas y visuales. ·
Ayudas
auditivas para la comunicación. ·
Ayudas
técnicas para el hogar. |
·
Tratamiento
de rehabilitación: logopedia y fisioterapia. ·
Gastos
de transporte. ·
Gastos
derivados de su escolarización. |
|
|
PSICOLÓGICAS |
·
Problemas
de aceptación de la sordoceguera. Dificultad de establecimiento del vínculo. ·
Responsabilidad
centralizada en un miembro de la familia. ·
No
asunción de las responsabilidades educativas, se deposita en los
profesionales. ·
Sobreproctección
familiar al miembro sordociego. ·
Necesidad
de apoyo en las diferentes etapas del desarrollo de la persona sordociega… |
||
|
FORMATIVAS |
·
Concepto
de sordoceguera, grupos de población y factores que la determinan. ·
Comunicación:
necesidades comunicativas e implicaciones de la incomunicación. ·
Sistemas
alternativos de la comunicación. ·
Diferencias
del desarrollo de la persona sordociega. ·
Pautas
educativas. ·
Intervención
en comportamientos problemáticos. ·
Integración
de la persona sordociega en la unidad familiar. ·
Asunción
de responsabilidades por parte de la persona sordociega. ·
Cómo
potenciar su autonomía. |
||
|
EN LA ETAPA ADULTA |
Personas que no pueden autogobernarse: ·
Necesidad
de asignar un tutor al cumplir la mayoría de edad. ·
Necesidad
de continuos cuidados personales, médicos, etc. ·
Búsqueda
de solución residencial definitiva o referencial. ·
Gastos
económicos motivados por las nuevas necesidades (centros, residencias…). ·
La
persona sordociega adulta de este grupo se encuentra una de las siguientes
opciones: ·
Permanencia
en el domicilio inactivo. ·
Permanencia
en el domicilio combinada con asistencia a centro de día. ·
Internamiento
definitivo o referencial. |
Personas que pueden autogobernarse: Con
respecto a la familia de la persona sordociega: ·
Ayudar
a la familia a potenciar la madurez y autonomía de esa persona sordociega. ·
Necesidad
de una intervención multidisciplinar como soporte y medio para la asunción de
esta independencia. Con
respecto a la persona sordociega: ·
Enseñar
a asumir responsabilidades y a llevar una vida de la manera más autónoma
posible. ·
Apoyar
en la opción de vivienda elegida. |
|
|
RESPIRO FAMILIAR |
Necesidad
de un tiempo de descanso en el entorno familiar motivado por: · El esfuerzo continuado que supone la
atención de ese familiar sordociego. · Reparto desigual del cuidado de esa
persona, lo que genera cansancio y supone falta de otros contactos
comunicativos. · Dificultad de compatibilizar sus
propias responsabilidades con la atención a esa persona con sordoceguera.
Complica la normalización de relaciones sociales de la familia. · Favorece el mantenimiento de la
dinámica y conocimientos adquiridos de la persona sordociega. |
||
|
ASOCIACIONISMO |
Con el
asociacionismo se favorece: ·
Contactar
con familias sensibilizadas con la misma problemática. ·
Compartir
experiencias y sentimientos similares. ·
Observar
las experiencias de otras familias que tienen una persona con sordoceguera. ·
Generar
recursos para atender necesidades específicas ·
Organización
legal y social. |
||
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4. Las personas sordociegas y
sus relaciones familiares
Las personas sordociegas
tienen muy limitada la posibilidad de establecer relaciones sociales,
dificultad derivada, entre otros aspectos, de los problemas de comunicación.
Esta limitación en el
establecimiento de relaciones sociales es diferente según el grupo de
pertenencia dentro del colectivo de sordoceguera, de acuerdo a las siguientes
consideraciones:
1- Relaciones sociales de las
personas con sordoceguera congénita.
En
la mayoría de las ocasiones las personas con sordoceguera congénita no
encuentran más personas cercanas que las propias de su entorno familiar o
escolar.
Es
el grupo en el cual la barrera de comunicación está mas
marcada. En muchos casos, estas personas únicamente consiguen entender y
hacerse entender llegando a comunicar esencialmente necesidades muy básicas,
reduciéndose la información a la que tienen acceso y no pudiendo relacionarse,
por tanto, en la mayoría de los casos, con personas que no conozcan su especial
forma de comunicarse.
2- Relaciones sociales de las
personas sordas/deficientes auditivas y que posteriormente presentan pérdida
visual.
En
este grupo de personas sordociegas la barrera comunicativa sigue siendo
importante, aunque, en este caso, en ocasiones algunas personas tienen la
ventaja de contar con el sentido de la vista, aunque sea de forma residual.
Suelen comunicarse con LSE adaptada (desde la lengua de signos en campo visual
hasta la lengua de signos táctil o apoyada, v. capítulo 4) y sus relaciones
sociales suelen enmarcarse en el ámbito familiar o el entorno específico de la
deficiencia auditiva (asociaciones de sordos), hasta que establecen un nuevo
núcleo de contactos ya propiamente en el contexto de la sordoceguera.
3- Relaciones sociales de las
personas ciegas/deficientes visuales que posteriormente presentan pérdida
auditiva.
En
este caso, al expresarse a través de lenguaje oral, propio de la sociedad que
les acoge (aunque para recibir información necesiten utilizar sistemas de
comunicación alternativos al oral, habitualmente dactilológico en palma), sus
relaciones sociales pueden incluso no enmarcarse dentro de entornos específicos
de ninguna deficiencia, contando, en algunos casos, con amistades ajenas a la
ceguera/deficiencia visual.
4- Relaciones sociales de las
personas con sordoceguera adquirida de manera repentina.
Se
trata de personas que, hasta un punto concreto de su vida en que, por diversas
causas, su trayectoria personal cambia bruscamente pasando de ser personas sin
discapacidad alguna a presentar una muy limitante, han establecido y
desarrollado adecuadas relaciones sociales, las cuales, consecuentemente y de
manera bien paulatina, bien repentina, se ven interrumpidas.
Considerando dichas
diferencias en el establecimiento de las relaciones sociales, cabe señalar que
el grupo que más dificultades encuentra a la hora de desarrollar una vida
independiente y, consecuentemente, de instituir su propia unidad familiar, es
el grupo formado por las personas que presentan sordoceguera congénita.
En la
mayoría de los casos, las unidades familiares encabezadas por personas
sordociegas tienen su origen en la realidad del cambio de situación de dicha
persona, quien, en una etapa anterior de su vida fue persona sorda/deficiente
auditiva o ciega/deficiente visual, o no presentó (o supo que presentaba)
deficiencia alguna.
Así, es
muy común encontrarse familias compuestas por personas con síndrome de Usher
tipo I (y, en menor número y con algunas consideraciones diferentes, de tipo
II), compuestas por matrimonio (él o ella sordo/a, con retinosis pigmentaria) y
uno o varios hijos normo-oyentes y sin problemas de visión. Casos de estas
características también se dan cuando uno de los miembros de la pareja
responsable de la familia presenta ceguera o deficiencia visual.
Menos
frecuente, porque también es menos común la existencia de personas con
sordoceguera como tal adquirida de manera súbita, es la casuística de familias
encabezadas por personas sordociegas de dicho grupo.
Con
respecto a los casos mayoritarios, el formado por familias con responsables con
síndrome de Usher I, hay que señalar que en algunas ocasiones pueden presentarse
problemas en las relaciones familiares debido a las dificultades que ofrecen
las siguientes consideraciones:
·
Problema de comunicación
padres-hijos.
·
Inadecuado control y supervisión
de los hijos.
·
Dependencia de los padres de sus
hijos, en ocasiones menores de edad. (De forma anticipada al proceso natural,
derivado del incremento de la edad, en que pasa a presentarse esta
circunstancia.)
·
Necesidad de apoyo profesional
más frecuente.
·
Situación socioeconómica baja,
en muchas ocasiones presentando ambos responsables situación de desempleo.
Estas
características dan lugar a que sea este tipo de familias quienes pueden
precisar más servicios de guía-interpretación profesional, puesto que contar
con dicho servicio hará disminuir la dependencia de estas personas sordociegas
de sus hijos.
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5. Papel del guía-intérprete
dentro de la familia
En
muchas ocasiones la figura del guía-intérprete (y en circunstancias muy
concretas y pactadas con los profesionales, la del mediador) debe ejercer su
profesión en el contexto de la unidad familiar, es decir, acompañando a la
persona con sordoceguera pero contando, además, con la presencia de uno o
varios miembros de la unidad familiar durante la realización del servicio de
guía-interpretación.
Este
hecho acontece por la dificultad que, como se ha explicado en el punto
anterior, entraña el paso a la etapa adulta, así como su comprensión y
aceptación por parte tanto de la persona con discapacidad, como de aquellas de
su entorno familiar.
Cuando
el nivel de funcionamiento de la persona sordociega lo permite, el uso como
recurso del servicio de guía-interpretación establecido para estas, supone un
paso más hacia la consecución de la independencia de la misma.
Para
determinadas familias puede resultar difícil de creer que la persona con
sordoceguera, ahora adulta, pueda realizar gestiones o resolver asuntos de
interés personal de forma autónoma y sin necesitar la presencia constante e
incondicional de los componentes de su unidad familiar. Esta falta de confianza
en la capacidad de comunicación y de decisión en el sujeto que padece la
discapacidad, se debe al significativo esfuerzo que ha supuesto y supone para
esta la posibilidad de comunicarse con personas que no le son habituales, así
como a la continua protección que han venido ofreciendo a dicha persona a lo
largo de su desarrollo. La presencia del guía-intérprete supone, en muchos
casos, la pérdida de control directo sobre la persona con sordoceguera y la
imposibilidad de seleccionar la información que se le transmite.
El
guía-intérprete que, por estas circunstancias, actúa acompañado de la unidad
familiar, garantiza el acercamiento al individuo con sordoceguera de la
información que a esta le sea ofrecida en situaciones habituales y nuevas,
información que, cuando es proporcionada por los sujetos cercanos, puede
resultar incompleta o inexacta en muchas ocasiones.
En este
sentido, la utilización del servicio de guía-interpretación en la familia
acarrea, paralelamente al beneficio arriba indicado, una posible consecuencia
negativa, como viene a ser la divergencia entre los intereses profesionales y
los intereses familiares. Esta divergencia consiste en que por parte de los
profesionales se intenta acercar a la persona sordociega toda la información
que le fuera ofrecida, sea o no de su agrado, mientras que los familiares,
siempre volcados en su protección (cayendo a veces en la sobreprotección),
pueden pretender seguir filtrando todo aquello que, según su criterio, puede
ser doloroso para la persona sordociega, dificultando que esta adquiera
madurez.
De esta
forma, en algunos casos pueden producirse situaciones tensas o violentas, por
ejemplo, en consultas médicas directamente relacionadas con la pérdida visual
y/o auditiva, en las cuales el médico pretende informarles del carácter
degenerativo de su patología. La familia puede mostrar su oposición a que el
intérprete trasmita la información en su totalidad, manteniéndole oculto, a la
persona implicada, el pronóstico de su patología. Si estas circunstancias se
presentan y la familia o el equipo médico pone en alto esta situación, se
requerirá la intervención de otros profesionales relacionados con esta
discapacidad, quienes aportarán distintas perspectivas a la unidad familiar,
evitando que esta limite a la persona sordociega, con su reacción negativa o su
rechazo, el uso de este positivo servicio.
De este
modo, según el momento de aceptación de la sordoceguera, tanto por la unidad
familiar, como por la propia persona sordociega, será más o menos sencilla y
relajada la relación con el guía-intérprete.
Podemos
concluir este capítulo resaltando el importante papel que desempeña la familia
como primer entorno donde se ofrecen las oportunidades que permiten a los
distintos miembros que la forman desarrollar sus capacidades y habilidades para
ser capaces de relacionarse de manera satisfactoria con su entorno social. En
el caso que nos ocupa, cuando uno de estos sujetos presenta sordoceguera, este
suceso repercutirá sobre esa familia generando una serie de necesidades
específicas. Aunque el proceso de adaptación es algo continuo, ya que la unidad
familiar debe hacer frente a los diferentes cambios y etapas de la vida que la
persona con sordoceguera va alcanzando, es imprescindible contar con una red de
profesionales y recursos sociales que ayuden a mitigar muchas de las
necesidades que, como consecuencia de esta discapacidad, se van a producir
dentro de esa unidad familiar.
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1- El descubrimiento de la sordoceguera en un miembro
de la unidad familiar supone para esta una ruptura con las expectativas sobre
el hijo esperado, sumiendo a los diferentes integrantes en un período de crisis
en el que se destacan las siguientes fases:
a.
Tras el impacto de la noticia
y búsqueda de diagnósticos o soluciones médicas propio de la etapa de la crisis
de adaptación, comenzaría una segunda etapa más centrada en las emociones,
sentimientos que se traducen en la actuación hacia la persona sordociega, para
finalizar con una tercera etapa que describe las posiciones posibles ante la
adaptación (positiva, negativa o desintegrada).
b.
Como no existe un
reconocimiento oficial de la discapacidad, la familia niega el problema y no
pasan por las diferentes fases que sufren los padres de hijos con otras
discapacidades.
c.
Solo pasan por estas etapas
cuando la persona sordociega lo es de forma congénita o adquiere una primera
pérdida sensorial. Cuando la persona adquiere la segunda pérdida (visual o
auditiva), como la familia ya ha vivido el impacto de la primera discapacidad,
esta la asume sin que se produzca un desajuste en su dinámica familiar.
2- La
sordoceguera le genera una serie de necesidades a la familia que le hace
requerir la intervención profesional para intentar paliar las significativas
implicaciones derivadas de esta discapacidad. De las principales consecuencias
que las necesidades médicas provocan hay que señalar:
a.
Únicamente el peregrinaje de
un médico a otro para comprobar la veracidad del diagnóstico inicial, y la
utilización de diferentes ayudas auditivas y visuales para el mejor
aprovechamiento de sus restos sensoriales.
b.
La dificultad de realizar las
exploraciones médicas a la persona con sordoceguera, las continuas revisiones y
consultas a especialistas en la materia (con lo que implica visitar a varios
médicos); el desconocimiento de la discapacidad que conlleva en ocasiones un
diagnóstico tardío o incompleto, así como, en ocasiones, una inadecuada transmisión
profesional de la discapacidad a la familia.
c.
Una vez conocida y
diagnosticada la sordoceguera y prescritas las ayudas pertinentes, la familia
no necesitará más revisiones, a no ser que tengan otros déficit añadidos.
3- En determinadas ocasiones la familia
va a necesitar intervención psicológica para poder encauzar muchos de los
sentimientos y emociones que, en el devenir diario con un hijo o familiar
sordociego, pueden llegar a producirse.
a.
En este sentido, la
sobreprotección, el no asumir las responsabilidades que este hecho conlleva o
depositar dichas responsabilidades en terceros, la no aceptación de algunas de
las pérdidas y el rechazo al contacto o intervención de profesionales en el
desarrollo personal y social, son algunos de los posibles motivos que justifican
esta intervención psicológica.
b.
En este sentido, solo es
necesario que se implique uno de los miembros de la familia, ya que este puede
hacerse responsable de la persona con sordoceguera y estar implicado en las
diferentes etapas del desarrollo, sin que se generen situaciones de desgaste en
quien asume toda la responsabilidad y surjan sentimientos de soledad, ansiedad,
etc.
c.
En este sentido, esta
intervención psicológica solo es necesaria cuando existe un cambio en la
situación visual o auditiva, ya que, una vez asumida esta discapacidad, los
cambios en el desarrollo a lo largo de las diferentes etapas (adolescencia,
etapa adulta, etc.), así como tener que asumir su autonomía y confiar en sus capacidades,
son hechos que a los familiares no les supone ningún desajuste.
4- La intervención profesional ayuda a la familia a cambiar
muchas de las actitudes y a integrar a la persona con sordoceguera dentro de la
dinámica familiar.
a.
Para ello es únicamente
necesario que los miembros de la familia aprendan la lengua de signos adaptada
al tacto como forma de comunicación con él.
b.
Para ello es únicamente
necesario contar con el apoyo económico de entidades públicas y privadas que le
permitan reducir los gastos que esta discapacidad genera.
c.
Para ello es esencial contar
con una formación en aspectos básicos de la sordoceguera, conocer y utilizar
sistemas alternativos de comunicación, confiar en las orientaciones y apoyo de
diferentes profesiones especialistas en esta discapacidad.
5- El paso a la etapa adulta de
una persona con sordoceguera congénita y que, por diversos motivos, no ha
alcanzado la posibilidad de autogobernarse:
a.
Va a provocar en sus
familiares incertidumbre, la cual se centra, de manera exclusiva, en la
ausencia de una persona que asuma la responsabilidad cuando ellos falten.
b.
Va a obligar a que su familia
designe un nuevo tutor para que este asuma las responsabilidades y se convierta
en el nuevo referente de la persona discapacitada.
c.
Va a forzar la permanencia de
esta en el hogar familiar, puesto que ninguna de estas personas son capaces de
compatibilizar esta situación con la asistencia a diferentes centros y realizar
actividades de día.
6- Las personas con sordoceguera que son capaces de
autogobernarse:
a.
Pertenecen al
grupo de personas con sordoceguera adquirida (en sí o como resultado de perder
un segundo sentido habiendo previamente carecido del primero, vista u oído), ya
que aquellas que son de nacimiento no podrán, ni con la educación ni el
entrenamiento adecuados, alcanzar un nivel de funcionamiento y autonomía
personales que les permita llegar a esta situación de independencia.
b.
Continúan
todas ellas viviendo con su unidad familiar anterior, ya que es imposible que
puedan establecer la suya propia por la necesidad de recursos y dificultades
que esta situación implica.
c.
Deberán retomar o iniciar
aprendizajes si entre sus objetivos está la emancipación de su domicilio
familiar, situación que también implicará una intervención simultánea con la
familia para que acepte y potencie las capacidades de aquella y le apoye en la
toma de decisiones en su camino hacia la semi-independencia o total autonomía.
7- El objetivo
que persigue el programa de respiro familiar viene determinado por:
a.
La necesidad de que la familia
cuente con un tiempo en el cual se le descargue de las obligaciones y cuidados
que requiere la atención de la persona con sordoceguera, fortaleciendo de esta
manera la relación entre ambos, normalizando la relaciones sociales de esta
unidad a la vez que se favorece el mantenimiento de la dinámica adquirida por
la persona con discapacidad.
b.
La necesidad primordial de
ocupar el exceso de tiempo libre no ocupado, así como de inactividad, que sufre
la persona con sordoceguera cuando llega a casa.
c.
La necesidad de campamentos,
convivencias y otras actividades de ocio y tiempo libre para niños, jóvenes y
adultos sordociegos que, desde diferentes entidades que trabajan con este
colectivo, se proponen.
8- La posibilidad de contactar con otros grupos de familias
que tienen las mismas dificultades:
a.
Tiene como único y principal propósito
generar recursos específicos para atender sus necesidades.
b.
Ayuda a organizarse legal y
socialmente, ya que ellos solos se bastan en la intervención con sus hijos y
familiares con sordoceguera.
c.
Resulta beneficioso, entre
otros motivos, porque permite contactar con otras personas sensibilizadas con
el problema, se comparten experiencias, se generan recursos específicos y ayuda
a organizarse legalmente.
9- En el establecimiento por parte de la persona con
sordoceguera de su propia unidad familiar:
a.
No existe ninguna diferencia
entre los distintos grupos de pertenencia dentro de este colectivo, ya que lo
único reseñable es la dificultad de dicha población en encontrar una actividad
laboral.
b.
Siendo los progenitores
personas con síndrome de Usher tipo I, existe frecuentemente una dependencia
hacia los hijos en la resolución de muchas gestiones que atañen a la dinámica
familiar, motivada, en gran parte, por los problemas de comunicación de sus
padres.
c.
Siempre debe vivir con ellos
algún miembro de una de las familias u otra persona que se haga responsable y
les resuelva las dificultades que van surgiendo.
10- El papel
del guía-interprete dentro de la unidad familiar:
a.
Es indispensable,
independientemente del nivel de funcionamiento de la persona sordociega.
b.
Solo es necesario en aquellas
situaciones en las que ningún miembro familiar puede acompañar a la persona con
sordoceguera, o cuando, en el caso de que estos le acompañasen, no le
proporcionen toda la información de manera real o completa a la persona
implicada.
c.
Es necesario, siempre que el
nivel de la persona lo permita, puesto que supone un acercamiento de la
información a la persona con sordoceguera y un paso más para alcanzar su propia
independencia.
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