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Entrevista a Josep Borrell

Josep Borrell, Presidente del Instituto Universitario Europeo de Florencia

“La austeridad ya no sirve para acabar con la crisis”

El expresidente del Parlamento Europeo, que en la actualidad preside el Instituto Universitario Europeo de Florencia, afirma que “Europa  entera se va a precipitar en una recesión larga y dura”.

Paz Hernández

Tres años después de su inicio, la crisis financiera se ha trasladado a la economía real. Y se ha cebado con Europa, donde la crisis de la  deuda griega ha acabado por poner en entredicho la unión monetaria y, con ella, la propia idea de la integración europea. Para explicar  cómo hemos llegado hasta aquí, Josep Borrell acaba de publicar un libro –La crisis del euro. De Atenas a Madrid (Editorial Turpial)– en el que afirma sin ambajes que “lo peor es ya perfectamente posible”.

¿Sigue suscribiendo esa frase incluso tras la cumbre europea de  mediados de diciembre?

El riesgo de que un país se vea obligado a salir del euro porque no pueda financiarse en el mercado de capitales, y que los demás socios  europeos no estén en condiciones de ayudarle, no ha desaparecido en absoluto.

¿Eso es lo peor que nos puede pasar, que un país se vea  obligado a salir del euro?

Eso significaría que el euro como proceso político habría fracasado, lo que pondría en entredicho el propio proyecto europeo. En eso  coincido con Angela Merkel: el fracaso del euro sería el fracaso del proyecto europeo, y por mucho tiempo.

¿El nuevo pacto fiscal propuesto en la última cumbre no aporta ninguna solución?

La última cumbre fue más de lo mismo. Llaman al pacto pomposamente unión fiscal (ya quisiera yo que lo fuera) y lo único que representa  es un incremento de la disciplina presupuestaria, una parte pequeña de la unión fiscal. Lo único que hizo la cumbre de diciembre es  sembrar más confusión y, sobre todo, más división.

Para empezar, el Reino Unido ha quedado fuera…

Eso no es lo más grave. Lo peor es que se pretenden utilizar las instituciones pensadas para todos los países de la Unión para unos  acuerdos que sólo involucran a unos cuantos, y eso planteará problemas jurídicos. El propio Reino Unido se está planteando llevar este  acuerdo a los tribunales europeos. Lo único nuevo de esa cumbre es que los países se comprometerán, por un tratado internacional, a poner en sus constituciones la llamada regla de oro alemana de que no se tendrá déficit.

Pero Alemania fue la primera en saltarse la  disciplina fiscal…

Alemania piensa que los gobiernos tendrán más respeto por una norma incluida en las propias constituciones de sus países (lo que está por ver) que al Tratado de la Unión, que todos nos saltamos, y Alemania, efectivamente, en primer lugar. Lo preocupante es que en ese pacto  no hay ni una sola referencia al crecimiento económico, y esa es la crítica de fondo que hacemos en el libro, que la asuteridad no basta,  porque los griegos llevan dos años y medio con medidas de austeridad y se han hundido en la recesión. Y Europa entera se va a precipitar  en una recesión larga y dura, porque las políticas de austeridad ni siquiera van a conseguir reducir el déficit público de una forma estable y  permanente, ya que la única forma de reducir el déficit y el endeudamiento es creciendo.

¿Por qué la crisis de la deuda griega ha degenerado en la crisis del euro?

Es imposible resumirlo en pocas palabras, pero era previsible que, cuando la economía europea tuviera un problema, que en principio era  pequeño, el euro demostraría las debilidades de su diseño inicial. Quisimos hacer un experimento original pero peligroso: poner en marcha  una unión monetaria sin ninguna clase de política fiscal armonizada, sin coordinación de las políticas presupuestarias, sin ningún instrumento político… Lo único que hicimos fue crear un banco central al que le hemos pedido que se encargue sólo de la inflación y al que  no le dejamos ser prestamista de última instancia, como son todos los bancos centrales del mundo.

Cuando se anunció la creación del euro, en Maastricht, los críticos del Tratado sostenían que se estaba creando la Europa de los mercaderes en lugar de la de los ciudadanos, ¿el tiempo les ha dado la razón?

No exactamente. Maastricht tenía problemas de diseño inicial, desde luego, pero además se ha producido un fenómeno de globalización  financiera que ha puesto en marcha fenómenos especulativos que superan en capacidad de intervención a los gobiernos. La prueba es que  si un Gobierno hace algo que no gusta a los mercados financieros, le obligan a cambiar de política.

A ello se suma una pérdida de liderazgo y un descrédito generalizado de la política…

Hasta tal punto que en Europa se está empezando a decir que estamos entrando en una etapa postdemocrática. Ha pasado en Grecia e  Italia, donde los mercados, más que imponer el nombramiento de los nuevos primeros ministros, no han dado tiempo a que se aplicase el  normal juego democrático. Estamos en una situación en la que no hay tiempo para elecciones, es lo que han venido a decir.

Lo que contrasta con la lentitud de las instituciones europeas en la toma de decisiones. ¿Reaccionan sólo cuando la situación llega al límite?

Bocadillo
"La idea de Europa, el concepto de Unión Política, ha quedado muy debilitado"

Los procesos de decisión han demostrado ser absolutamente lentos e ineficientes. Pero Europa es así, no podemos pedirle peras al olmo.  Las instituciones europeas reaccionan de acuerdo con las normas que les hemos dado. Hemos dispuesto que las decisiones se tomen por unanimidad y lograr la unanimidad de 27 países es muy difícil, mucho más que si fuera por mayoría.

¿Y el comportamiento de los mercados no es también contradictorio?

En el libro nos preguntamos qué es lo que quieren los mercados, reducir el déficit o estimular el crecimiento. De una forma un tanto  contradictoria, quieren las dos cosas. Pero reducir el déficit, al menos a corto plazo, ralentiza el crecimiento económico. Y, si se aplica un  plan de austeridad que liquide el crecimiento económico, los mercados saben que no podrá haber redención de la deuda. Por eso la  austeridad ya no sirve. Hay que hacer ajustes más lentos y más inteligentes, acordes con los potenciales de crecimiento de cada país.  Tendríamos que hacer políticas más coordinadas, porque no puede ser que todos a la vez reduzcamos el déficit, alguno tendría que  aumentarlo.

¿Alemania, por ejemplo?

Claro. Los países del norte tendrían que aceptar algo más de inflación, porque no todo se puede arreglar con la deflación de los países del  sur. Pero claro, los alemanes no aceptan eso. Creen, equivocadamente, que en el sur hemos estado de juerga todo el rato, y la razón por  la que Merkel no ha adoptado unas actitudes más proeuropeas es porque su electorado no la hubiera seguido.

¿Y hacia dónde vamos?

La idea de Europa, el concepto de unión política, de confianza mutua y de demos europeo ha quedado muy debilitado. De hecho, hay una  gran división entre el norte y el sur. En el sur pensamos que los calvinistas del norte nos imponen sacrificios que no podemos soportar, y  los del norte, que los católicos perezosos del sur han hecho trampa. Por eso a Grecia se le ha querido castigar más que ayudar.

¿Alguna razón para el optimismo? ¿De esta crisis no podríamos aprender que es necesario reforzar la UE?

No. Eso no sucederá si no existe una presión política. Los polítcos se deben a sus electores, y Merkel es menos europeísta que Kohl porque  los alemanes de ahora son menos europeístas que los de antes. Además, para Alemania, la UE ha sido siempre una sociedad de  solidaridad limitada. Estamos todos juntos, vienen a decir, pero no revueltos: no quieren hacer suyas ni responsabilizarse de las deudas  ajenas. Pero claro, eso de cada uno en su casa y todos en la caja común del euro no funciona. Y esta es, precisamente, la gran lección de  la crisis: que es necesario coordinar las políticas económicas. Pero, ¿cuáles? ¿La alemana, o las políticas más expansivas que necesitan los países del sur?