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Emergencias 2

La Cité du Soleil que conocí

Puesto callejero de venta de carbón en Cité du Soleil, antes del terremoto

Una periodista de Servimedia relata las condiciones miserables en que ya vivían los habitantes de Cité du Soleil, una de las barriadas más pobres de Puerto Príncipe, antes del terremoto.

Concha López (enviada especial)

En la tarde del pasado día 12 de enero Haití saltó a las portadas de todos los medios de comunicación. Un devastador terremoto cubrió las conciencias del mundo entero de imágenes estremecedoras y enormes titulares sobre la catástrofe que había azotado a ese pequeño territorio situado ya desde mucho antes a la cola del desarrollo mundial. Antes de que la tierra temblara bajo Haití, sus habitantes eran ya la encarnación de la miseria y la desigualdad, pero lo que yo viví allí hace apenas año y medio era también un sueño de esperanza.

Haití es de esos lugares que remueven lo más profundo de las entrañas de cualquier persona con un mínimo de sensibilidad, de esas imágenes que se quedan grabadas en la retina y en las tripas y retumban cada vez que algo trivial amenaza con quebrar el bienestar en el que vivimos en el mundo desarrollado.

Las imágenes del terremoto que cada día invaden los medios de comunicación se almacenan junto a las que nunca olvidaré de Cité du Soleil, la irónica Ciudad del Sol, una mísera barriada a las afueras de la capital del país más pobre de América. La recuerdo gris, completamente gris, y con la desconfianza y el rencor grabados a fuego en los ojos de quienes se sienten abandonados a su suerte.

Los hoteles de lujo y las paradisíacas playas de República Dominicana, en la misma isla La Española, estaban en otro mundo mientras nos adentrábamos en la Ciudad del Sol junto a la vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega. Los más afortunados de sus cerca de 300.000 habitantes malvivían en chabolas, planchas de latón sujetas con palos que apenas protegían del implacable sol, de las lluvias torrenciales en la época de huracanes ni del fango en el que se hundían los pies al recorrer sus caminos y que lo invadía todo a medida que se avanzaba  hacia la ciénaga en cuyas riberas se concentraban los más pobres entre los pobres. Niños correteando descalzos entre la basura y el barro, mujeres y hombres que en la cuarentena ya parecían ancianos despidiéndose de un mundo que sólo les inspiraba impotencia e indignación.

Mucho antes del terremoto Haití estaba ya devastado por la falta de agua potable, por enfermedades, por décadas de inestabilidad política y por una violencia endémica que proporciona a muchos jóvenes el único sentimiento de identidad y de pertenencia a un colectivo, en una sociedad absolutamente desmembrada.

Esa era la alerta de las ONG mucho antes de comprobar dramáticamente que Haití se asienta en una depresión tectónica. Decían a todo el que quisiera escuchar que el 75 por ciento de las mujeres de Puerto Príncipe habían sido violadas al menos una vez, y eso suponía una elevada tasa de natalidad en un país donde los métodos anticonceptivos eran una utopía y el sida hacía estragos.

Abusos desde la infancia

En la Ciudad del Sol los niños solían ser una carga para mujeres sin recursos y casi sin futuro. Pero en muchos casos eran huérfanos del sida o el fruto de brutales y repetidos abusos sexuales desde la infancia, y carne de milicia para los señores de la guerra que se siguen disputando el control del país tras el derrocamiento en 2004 del entonces presidente, Jean-Bertrande Aristide.

La Ciudad del Sol era un mundo aparte, un rincón oscuro de la conciencia del mundo desarrollado, pero también el aldabonazo necesario para despertar la solidaridad de ese primer mundo.

En el gris que dominaba la miseria de esa barriada había un oasis de color, de frescura, de esperanza, que era el Centro Rosalía Rendí, regentado por las hijas de la caridad de San Vicente de Paúl, la encarnación de una combinación perfecta entre cariño, generosidad, paciencia, y la imprescindible rudeza que se presupone a quien relata con parsimonia y cierta naturalidad las guerras, los tiroteos, los disturbios, las amenazas y las penurias.

Más de 1.200 niños de la Ciudad del Sol acudían cada día al centro para recibir alimento y formación en un entorno pulcro, apacible, de paredes coloridas y triciclos enviados gracias a la campaña “Un Juguete, una ilusión”. Los niños ganaban peso y futuro mientras sus madres aprendían “a quererlos”, a aparcar la losa del pasado y a recuperar el vínculo afectivo que nunca debió perderse.

La imagen de aquellos niños sonrientes y orgullosos de sus limpios uniformes, que cada día se evadían de su miseria y le ganaban el futuro a la desesperación, era suficiente para comprobar que la cooperación y la solidaridad pueden imponerse a la violencia y a la desesperanza. El hotel donde nos alojamos desapareció hecho escombros, y el centro Rosalía Rendú también sufrió las consecuencias del terremoto, pero esa imagen de futuro y esperanza debe ser ahora suficiente para que Haití no desaparezca de las conciencias del mundo desarrollado, al menos no hasta que la cooperación y la solidaridad se impongan a la catástrofe, no hasta que los haitianos dejen de sentirse abandonados a su suerte.