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Solidaridad

Historias de superación

Eric Villalón, Nando Parrado, Jaume Sanllorente y Pedro García Aguado. Cuatro personas de orígenes muy diferentes que, aparentemente, no tienen nada en común, excepto que todos destacan por su valentía, responsabilidad, afán de superación, solidaridad e historias de supervivencia. Los cuatro han sido reunidos en un Congreso de Jóvenes, titulado ‘Lo que de verdad importa’, que está recorriendo las ciudades españolas más importantes.

Jéssica Hernández

“A veces hay que hacer los sueños realidad y descubrir que no tienes límites”

Eric Villalón a la izquierda, junto a su guía Hodei Yurrita, durante su época como esquiador paralímpico.

Eric Villalón, con tan sólo un cinco por ciento de visión, es el mayor medallista paralímpico con cinco medallas de oro y tres de plata en esquí alpino. Además, ha sido expedicionario del Polo Sur.

Para Eric Villalón “un discapacitado es aquel que no utiliza sus aptitudes para construir su futuro”. Está claro entonces que Eric de discapacitado no tiene nada. Es luchador, deportista y muy alegre y divertido. Es el mayor medallista paralímpico español, que ha conseguido cinco medallas de oro y tres de plata en esquí alpino. Su último reto ha sido formar parte de la expedición Polo Sur Sin Límites. ¿Y porqué ‘Sin Límites’? Porque para Eric los límites se los marca cada persona y, el hecho de contar tan sólo con un cinco por ciento de visión, a él no le ha impedido realizar sus sueños.

Eric no siente su discapacidad como una limitación, porque considera que no hay diferencia entre una persona con discapacidad y otra que no lo es, “pero a veces es necesario que alguien nos lo haga ver, y eso es lo que queríamos demostrar con el proyecto Polo Sur Sin Límites”. Asegura que la gente está muy acostumbrada al modelo Barbie-Ken, a tener hijos perfectos y ‘normales’ pero “las cosas no son como están establecidas y la gente debe entender que la capacidad o la discapacidad están dentro de cada uno”.

Para este deportista, la discapacidad es “un bebé recién nacido, un disco duro dispuesto a ser llenado de aprendizaje y, dependiendo de los contenidos que metas, serás o no discapacitado”. Critica la sobreprotección que acostumbran a dar muchas familias a la persona con discapacidad, cuando lo importante es “potenciar sus puntos fuertes, sus capacidades”. Sus padres, asegura, “en vez de sobreprotegerme y crear a un discapacitado, optaron por ayudarme a ser autónomo. En vez de decirme que me dedicara a otra cosa, me animaron a hacerlo de otro modo”.

Perseguir los sueños

“Todos podemos llegar adonde queramos siempre que sean planteamientos realistas”. Para ello, es importante “conocer nuestros límites y tener claro qué se es y a partir de ahí poder luchar para ser lo mejor posible”. Cuando era un adolescente, Eric quería ser bombero y le gustaba la microbiología, “pero me dijeron que no podría hacer eso”, recuerda risueño. Sin embargo, cree que “cada cual utiliza sus capacidades para llegar a la meta que se propone y el cuerpo sólo es un accesorio útil para conseguir estos objetivos”.

Él cree que “las limitaciones están más en la cabeza que en el corazón” y lo que importa es ser como uno es y “luchar por unos ideales para que al morir nos llevemos un buen saco lleno de experiencias”. Y ¿Por qué el Polo Sur? Porque “a veces es necesario hacer los sueños realidad y descubrir que realmente no tienes límites”.

 
Nando Parrado, el día de la presentación en Madrid de su libro "Milagro en los andes"

“Nunca fuimos tan buenas personas como en la montaña”

Nando Parrado es uno de los supervivientes del accidente aéreo de los Andes, que inspiró la película ¡Viven!

Quién no se ha estremecido con la película ¡Viven!? Nando Parrado es el inspirador de este sobrecogedor filme, una persona de carne y hueso que padeció el “infierno helado” de 72 días perdido en Los Andes, después de que el avión que lo transportaba sufriera un accidente que se cobró la vida de 30 personas, entre ellas las de su madre y su hermana. “El décimo día tras el accidente escuchamos que se habían suspendido las labores de búsqueda. Muchos nos derrumbamos: estábamos condenados a morir”. Y muchos murieron porque con el cese de la búsqueda perdieron su principal herramienta: “la esperanza”. Sin embargo, a pesar del frío, el hambre y la ausencia de auxilio, muchos otros sacaron fuerzas para seguir adelante y luchar por la supervivencia. A Nando sólo le movía una cosa: volver a casa para abrazar a su padre.

Aprendió a sobrevivir en las circunstancias más adversas y descubrió que “no debemos juzgar las decisiones de los demás, porque ninguno sabe cómo reaccionará en determinadas situaciones extremas”. Tras varios días de odisea algunos propusieron el suicidio para acabar con el sufrimiento, pero finalmente decidieron luchar por vivir. Después entendieron que para sobrevivir necesitaban comer e hicieron un pacto de supervivencia: “Todos pensamos lo mismo, sabíamos que si no comíamos, nunca saldríamos de allí”. Y así es como tomaron una decisión tan difícil como utilizar la carne helada de los cadáveres para sobrevivir, “todos nos dimos permiso mutuo para ser utilizados si moríamos”.

Los 45 pasajeros del avión eran jugadores de rugby y sus familias, y fue precisamente ese sentimiento de grupo y saber trabajar en equipo lo que hizo posible que al menos 16 personas volviesen vivos a casa. “Eso nos salvó. Diez minutos después del accidente, ya actuábamos como un equipo.” Una respuesta tan organizada hubiera sido muy difícil en un avión comercial, sin embargo, “allí sólo pensábamos en sobrevivir y comprendimos que para eso debíamos permanecer unidos”. Por eso, Nando asegura que “nunca fuimos tan buenas personas como allí, porque nada influía en nuestro comportamiento”.

Durante los más de dos meses que duró esta odisea, se fueron sucediendo los líderes que de una u otra forma debían sacar adelante al grupo. Nando fue quien encabezó, junto a Roberto Canessa, la búsqueda de auxilio atravesando las montañas, porque su razonamiento fue que “si había que morir, moriría en el camino”. Tras diez días de dura caminata encontraron a un campesino chileno que aún tuvo que cabalgar ocho horas para dar el aviso.

El valor del amor

Ahora, 37 años después del rescate, valora la vida infinitamente, disfruta cada instante que vive y recuerda que fueron los sentimientos los que les salvaron. “Cuando crees que vas a morir, sólo piensas en el afecto de los tuyos, deseas pasar los últimos momentos con ellos”. Pero la pérdida de su madre y su hermana era algo que él debía superar. Entonces fue su padre quien le dijo “sigue adelante y no cometas el mismo error que yo, esperé demasiado tiempo para decirle a tu madre que la quería”.
Nando no se considera propiamente un superviviente, ni tampoco un héroe, pero ahora sabe que, si ha soportado ese horror, puede resistir cualquier cosa cada día.

Parrado describió esa odisea en el libro El Milagro de Los Andes (Planeta).

 

Jaume Sanllorente abrazando a una niña en Bombay“El secreto de la felicidad es querer ayudar a los demás y conseguirlo”

Jaume Sanllorente es un periodista que abandonó su carrera y su vida en Barcelona para evitar el cierre de un orfanato en Bombay. Es el fundador de la ONG Sonrisas de Bombay.

Dice constantemente que no es un héroe, que hizo lo que cualquiera de nosotros habría hecho en su situación... Jaume, hace cinco años, buscando desconectar del estrés de la Ciudad Condal, decidió ir de vacaciones a la India, con un paquete turístico que, paradójicamente, se llamaba India en libertad. Justo su último día de viaje conoció un orfanato con 40 niños a punto de cerrar sus puertas por falta de fondos. “Y en la calle un coche negro, blindado con rejas, esperaba ansioso el cierre para darles un nefasto futuro a esos niños”. Fue en ese momento cuando Jaume sintió que algo dentro de él se desmoronaba: “Yo lo llamo puzzle, otros alma, pero en ese momento se me deshizo para volver a formarse de otro modo totalmente distinto. Sentí que debía hacer algo”.

Según cuenta Jaume, “en Bombay los niños tienen tres alternativas: recoger basura, prostituirse o mendigar para mafias que no dudan en amputarles las extremidades para que den más pena”. Al descubrir la triste realidad de una ciudad que no hace honor a la canción de Mecano, Hawai, Bombay, “me avergoncé de ser humano, ser tan egoísta y permitir que exista algo así. Me sentí directamente culpable”.

Entonces, volvió a Barcelona, vendió su piso y se puso a buscar ayudas por doquier para evitar el cierre del auspicio. Y lo consiguió. Al poco tiempo fundó la ONG española Sonrisas de Bombay, ahora con casi 3.400 socios, que ayuda a más de 6.000 niños de las calles de Bombay y que hoy cuenta con 350 trabajadores, la gran mayoría de origen indio, porque su máxima es “dar prioridad a la gente local para fomentar el trabajo entre la comunidad que más lo necesita: lo pobres e intocables de Bombay”.

Una vez salvado el orfanato, Jaume podría haber vuelto a su antigua vida, junto a su padre y sus amigos en Barcelona, “pero cuando conocí al niño número 41, supe que no podía volverme a España y que tenía que hacer algo más para ayudar a esos niños. Empecé a vivir en Bombay y aprendí más de lo que nadie me había enseñado en la vida, a sonreír”. El proyecto fue creciendo y hoy, gracias a Sonrisas de Bombay, se han abierto 100 guarderías, tres clínicas para leprosos y dos escuelas.

Sonrisas y lágrimas

Pero para este hacedor de sonrisas no todo han sido alegrías. Está amenazado de muerte por las mafias de Bombay, por su lucha pacífica contra la prostitución infantil. Sin embargo, cree que “merece la pena el sacrificio para conseguir que 6.000 niños tengan una vida digna, lejos de la prostitución y la explotación infantil”. Ha escapado de varios ataques y del incendio de su casa, aunque asegura que la noticia no es ésa, sino “lo desprotegida que vive mucha gente en la India”.

Nada de esto le impide a Jaume vivir a caballo entre Barcelona y Bombay, donde estos niños le pagan cada día con sonrisas, “son mis maestros y mis jefes y me enseñan a ser generoso, agradecido, humilde y paciente”. Es feliz, muy feliz, y cree que “el secreto de la felicidad es querer ayudar a los demás y conseguirlo”, aunque para ello no haga falta irse muy lejos, porque “la cooperación internacional empieza en el ascensor de tu casa, regalando una sonrisa a una persona anónima”.

Para Jaume, este superhombre, todos somos importantes porque haciendo pequeñas cosas es como se consigue cambiar el mundo. Además, está seguro de que “todos tenemos vocación humanitaria, sólo hace falta querer encontrarla”.

 

“Cuando se es adicto hay que ser valiente y saber pedir ayuda”

El campeón olímpico Pedro García Aguado, siempre cerca de una piscina.

Pedro García Aguado, campeón olímpico de waterpolo, superó su adicción a las drogas y ahora es terapeuta, autor del libro Mañana lo dejo y presentador en Cuatro del programa ‘Hermano Mayor’.

Subió a lo más alto pero tuvo que “bajarse en marcha de esa gran ola”, como le gusta decir a él, “porque me estaba haciendo mucho daño”. Y eso es lo que llevó a Pedro García Aguado a dejar una carrera exitosa, porque “al mismo tiempo que triunfaba como deportista estaba fracasando como persona”. Toto, como era conocido en el mundo del waterpolo, fue campeón olímpico en 1996, campeón del mundo en el 98 y mejor jugador de la liga española en 2001. Sin embargo, tras la euforia de cada victoria, llegaba el bajón, la caída que le provocan sus adicciones: alcohol, cocaína, etc. Hasta que ese “vivir sin límites” le obligó a dejar su carrera e ingresar en una clínica de desintoxicación para recuperarse por completo.

Ahora, Pedro ha emprendido una nueva etapa como terapeuta, es padre de dos niñas y ayuda a jóvenes para que no cometan sus mismos errores. Presenta y protagoniza el espacio televisivo de Cuatro ‘Hermano Mayor’.

Su problema comenzó por “una mala gestión del éxito”, algo que, asegura, no lo enseña nadie. Pedro se marchó de Madrid con 17 años a Barcelona para cumplir su sueño deportivo, “sin nadie que me controlase, pero tampoco nadie que me ayudase a planear mi carrera”. Comenzó a beber siendo aún un adolescente, “para celebrar los éxitos” sin otorgarle al alcohol la importancia que merece. Después comenzó con otras drogas, sin darse cuenta de que “tenía una enfermedad, era adicto, primero alcohólico y luego toxicómano”.

“Creía que lo controlaba todo. Era campeón olímpico, no podría ser adicto”. Pero todos los excesos, incluso los excesos de control, son negativos. “Yo llegué a pensar que dominaba todo en la vida, cuando en realidad todo en mi vida estaba descontrolado”. Entonces tuvo que ser valiente y aprender a pedir ayuda, desarrolló la humildad que ahora le caracteriza y que, quizás, antes no tenía. Ahora sabe que “no es necesario ser de una clase social baja para consumir drogas”. Debió admitir que aunque “había ganado ante búlgaros y yugoslavos, delante de la cocaína, delante de una copa, había perdido muchas veces”.

Reaprender a vivir

En ese momento ingresó en la clínica de desintoxicación junto a su mejor amigo, el también waterpolista olímpico Jesús Rollán, que terminó suicidándose. Entonces comprendió que cuando se está como estaba él, “hay que escuchar esas señales que vienen de la familia, el colegio y los amigos de verdad, porque si no hubiese reaprendido a vivir, volvería a drogarme”.

Ha escrito dos libros, Mañana lo dejo, que hace reflexionar y muestra que “ser drogadicto es una enfermedad estigmatizada” y Dejarlo es posible, donde explica la terapia que hizo posible alejarse de sus adicciones y comenzar una nueva vida.

Antes, para afrontar los problemas bebía o se drogaba, ahora es feliz por no beber y “puedo mirar a mis hijas sin avergonzarme de nada”.