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Entrevista 2

Montxo Armendáriz

Director de cine

“Yo quiero transmitir sentimientos y emociones”

Montxo Armendáriz

La Fundación de Ayuda contra la Drogadicción y la Academia de Cine le acaban de conceder el premio “Al cine y los valores sociales” por toda su trayectoria; un galardón que se une a varios premios Goya, el premio Ángel Azul del Festival de Berlín, y alguna Concha de Oro en San Sebastián. El cineasta Montxo Armendáriz (Olleta, Navarra, 1949) se define, sobre todo, como un ‘contador de historias humanas”.

Texto y fotos: Jorge Villa

Con tanto premio, ¿le asusta su palmarés?

No, no, ojalá fuera mucho mayor… No porque uno haga las películas para tener premios, sino porque creo que los premios siempre se agradecen. Suponen un reconocimiento del trabajo, no sólo del mío, sino del de toda la gente que trabaja en una película. Es algo que nos gusta a todos, que el trabajo se reconozca.

¿Qué diferencia este premio a los valores sociales de otros que le han concedido anteriormente?

El gran significado de éste y su diferencia con el resto es que la mayoría de los premios se dan a una labor profesional, tanto de una película como de una trayectoria. Normalmente, lo que se reconoce es la profesionalidad, mientras que con este galardón, además, se valora el significado de un tipo de cine. Un cine encaminado a ayudar a comprendernos y a que nuestras relaciones sean mejores. Es la forma de entender el cine lo que se valora.

El año pasado le otorgaron este mismo premio al también director José Luis Borau, ¿qué opinión tiene de su cine?

Aparte de ser un gran director y guionista, que cuenta con obras maestras a lo largo de toda su trayectoria, es una persona de cine en el más amplio sentido de la palabra. Ha hecho muchas cosas por el cine: creó una editorial donde se han publicado varios libros sobre esta disciplina, tiene una fundación relacionada con ella, y ha sido uno de los presidentes que más reforzó los cimientos de lo que ahora es nuestra Academia. En resumen, es un profesional que ha trabajado mucho para favorecer a la cinematografía.

Hace tiempo dijo en una entrevista: “Tanto en cine como en la vida, me creo más lo que me transmite una persona que lo que me dice”. ¿Qué ha querido transmitir con su cine?

Sentimientos y emociones. Las personas somos fundamentalmente eso. Hay muchas veces que alguien te dice algo agradable o desagradable; sin embargo, estás viendo en su cara, en sus gestos, en su tono de voz que realmente piensa otra cosa por completo distinta. Por eso digo que a mí me afecta mucho más lo que una persona me transmite que lo que me dice. Se dice que una imagen vale más que mil palabras, y es cierto. En el fondo, lo que he intentado transmitir con mi cine es imagen, mirada, aunque el sonido tiene una parte muy importante también.

¿Cuál de los  valores que pueden encontrarse en su cine le gustaría que calara más en el público?

Cuando hago una película no la hago pensando en qué valores voy a transmitir. Hago las películas porque me interesa la historia de esas personas, de esos personajes. Y me interesa sobre todo su humanidad, su lucha, la trayectoria humana. Sí me gustaría que si de alguna forma se pudiese sacar algo de mis películas fuese que con la violencia no se consigue absolutamente nada; ni con las guerras, ni con el odio, ni con el rencor. Por muchas diferencias que tengamos, el diálogo, el escuchar al otro y el conocimiento de lo que el otro piensa es lo único que puede hacernos avanzar y hacer que nos entendamos y que podamos seguir compartiendo esta sociedad.

¿Podríamos decir que en lo que más le gustaría que la gente se fijara de sus películas fuese en las historias humanas?

Sin lugar a dudas. Rossellini decía que “el cine debe reflejar la realidad cotidiana que vivimos”. Me sentiría plenamente satisfecho si hubiese conseguido transmitir con mis películas una parte de esa realidad cotidiana que me ha tocado vivir y compartirla con otras personas.

En Francia se han proyectado algunos de sus filmes, como Silencio roto, en institutos de enseñanza media, para ilustrar con ellas episodios de la historia reciente de nuestro país. El cine, ¿tiene que ser didáctico?

Puede serlo y puede no serlo. El cine, más allá de todo elemento didáctico, debe mostrar una realidad y unos personajes, y eso, de por sí, es ya suficientemente didáctico. El mayor error es pretender ser didáctico. El mejor maestro no es aquel que les enseña a los alumnos las cosas, sino aquel que les enseña cómo deben aprender las cosas.

Después de su película Silencio roto, fue productor del documental La guerrilla de la memoria. ¿Hasta qué punto se implica personalmente en sus proyectos?

Me implico totalmente. De hecho, siempre digo que en cada película dejo un trozo de mi vida. La guerrilla de la memoria no quería dirigirla, porque me encontré con que había tanto material humano, de tal riqueza y con tantas vivencias, que era imposible expresarlo en una película de ficción. Era muy triste que se perdiera el documento directo, y por eso pensé que era necesario hacer un documental en donde se les diese voz a estas personas, y contasen ellos mismos lo que habían vivido y cómo lo habían vivido. El director fue Javier Corcuera.

¿Sigue manteniendo algún tipo de contacto con las personas que va conociendo profesionalmente?

Sí, tanto con los actores que interpretan un papel como con las personas que, con sus testimonios y vivencias, van construyendo el guión. Por ejemplo, en el caso de Las Cartas de Alou, muchos de esos testimonios fueron los propios actores de la película y, de hecho, con Mulai Jaju, el protagonista principal, me sigo viendo. Lo mismo ocurre con Silencio roto: suelo hablar bastante con algunos de los guerrilleros que me documentaron y con los que preparé la película. Hablamos, cruzamos correos electrónicos y mensajes de móvil y, desgraciadamente, a veces también recibimos noticias de fallecimientos de algunos de ellos. Hay todos los años un ‘Encuentro guerrillero’ en Santa Cruz de Moya, en Cuenca, el primer domingo de octubre, donde conocí a la mayoría de ellos, y donde suelo acudir siempre que puedo para reencontrarlos.

¿Es uno de los proyectos que más le ha calado personalmente?

Sí. Todas las películas te marcan porque en ellas haces grandes amigos. En el caso de La guerrilla de la Memoria, al tratarse de gente que es ajena al cine, ese contacto llama más la atención, pero es algo que también suele ocurrir con los actores de otras películas. Me hace mucha ilusión encontrarme sobre todo con los que hace más tiempo que no veo, o con actores de mis primeras películas o cortometrajes.

Montxo ArmendárizDe hecho, a la entrega del premio al cine y labor social que recibió de manos de Su Majestad la Reina Doña Sofía acudieron algunos de ellos...

Sí, Juan Diego Botto y María Botto, el propio Mulai, Maria Lasa, que actuó en Tasio; Lucia Jiménez y María Vázquez, que lo hicieron en Silencio Roto; Charo López, a la que dirigí en Secretos del corazón. También hubo ausencias como la de Luis Pastor, que no pudo venir.

Algunos han calificado su obra de especialmente versátil: el mundo rural en Tasio; el tema de las drogas en 27 horas; la emigración en Cartas de Alou; la juventud urbana en Historias del Kronen; la vida a través de los ojos de un niño en Secretos del corazón… Frente a tal variedad temática, ¿puede haber algún adjetivo común aplicable a todo su cine?

No lo sé, quizá eso pertenece más a los críticos. Si hubiese algo en común sería el interés por la persona humana, que puede ser muy diversa e incluso contradictoria en algunos casos. Mucha gente dice: “¿Pero qué tiene que ver esta historia o este personaje con esta otra del mismo director?” Tiene que ver que son personas que están luchando por algo. Y cuando una persona lucha por algo suele esconderse un intento por vivir y por disfrutar la vida.

Su proyecto futuro, ¿ficción o documental?

No lo sé, porque no vivimos precisamente un momento muy boyante ni para el cine ni para casi nada, pero estoy moviendo varias cosas. Hay de todo, porque no distingo entre documental y ficción. En el cine, la frontera entre ficción y realidad está cada vez más difusa, más mezclada. Prefiero hablar simplemente de películas.

¿Ha llegado la crisis al cine?

No sé si en este caso la palabra adecuada es crisis. El cine participa de la realidad que vive, y en estos momentos no es que haya crisis en la sociedad, hay un cataclismo. Pero no sólo en el ámbito económico, que también, sino en el campo de las ideas, de los conceptos; no sabemos hacia dónde vamos o qué queremos hacer. En esa medida, el cine participa de todo esto. El cineasta comparte la situación y las historias la reflejan. En un mundo donde todo cambia a una velocidad de vértigo, donde nada existe más allá del tiempo que cuesta consumirlo, nada se valora si no es por el dinero que produce y por la popularidad que da.

Bueno, en realidad siempre se ha hablado de la eterna crisis del cine español...

Se piensa que crisis es algo malo; económicamente sí, pero que una persona o que la cinematografía estén en crisis significa que están vivas. En ese sentido, el cine debería estar siempre en crisis.