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Chema Doménech
Fotos: Jorge Villa /Alberto Morales
Historia de triunfadores
Nada les ha impedido alcanzar sus sueños. Son personas con distintas discapacidades que desempeñan puestos de gran responsabilidad en empresas privadas o administraciones públicas. Trabajadores con una sólida formación que, desde niños, están habituados a tenerlo un poco más difícil que el resto. Narran su historia coincidiendo con la aprobación de la Estrategia de Empleo para Personas con Discapacidad, a la que el Gobierno destinará 3.700 millones de euros durante los próximos cinco años.
Historias que hablan de esfuerzo y de lucha, pero también de ilusión y de éxito. Son triunfadores porque consiguieron lo que se propusieron.
Francisco Grau
35 años. Parálisis cerebral. Licenciado en Ingeniería Informática y en Administración y Dirección de Empresas. Master en Dirección Financiera y Mercados Bursátiles. Analista de riesgos. Grupo Santander.
“Todo el mundo tiene problemas”
A Fran le gusta contar la historia del “saco de patatas”. Es la metáfora que utiliza para referirse a sí mismo cuando tenía cuatro o cinco años, como un saco de patatas que, “según la postura en que me dejaran en el suelo, así me quedaba. No era capaz de mover ni un músculo”.
Francisco Grau, Fran para sus numerosos amigos, estuvo a punto de morir antes de tener tiempo siquiera para estrenar la vida. Nació casi asfixiado, con el cordón umbilical enrollado a su cuello. La falta de oxígeno le provocó una parálisis cerebral que le afecta al habla y a la coordinación de movimientos. “Yo venía bien, pero me hice un lío al salir”, resume Fran con su apabullante buen humor. “Además, ese día me tocó el médico becario así que ya ves, se juntó todo”.
En su caso, el tesón y la fuerza de voluntad deben ser asunto de familia, porque sus padres no se resignaron a tener en casa un “saco de patatas”, a pesar de que los dictámenes médicos negaban cualquier posibilidad de que el niño llegara a disfrutar de una vida más o menos normal. Su padre, militar de alta graduación, (“el único general músico que hay en Europa”, proclama orgulloso Fran) y su madre peregrinaron con él por diferentes hospitales, consultando a muchos médicos. “Al final, con un montón de tratamientos y largas horas de rehabilitación, fui progresando poco a poco”, cuenta Fran.
A la universidad
De esa forma, con grandes dosis de esfuerzo, el chaval llegó hasta la universidad, donde estudió Ingeniería Informática. Tan bien se le dio que acabó la carrera en dos años, aunque era de tres, y comenzó una nueva licenciatura, la de Administración y Dirección de Empresas, que terminó después de otros cuatro años de estudio. En medio tuvo tiempo de divertirse mucho, de hacer grandes amigos y de vivir su primera experiencia laboral. “Mientras estudiaba, mi padre habló con un amigo suyo que era el dueño de una inmobiliaria en Torrevieja, en Alicante, para ver si me podía dar trabajo durante el verano. Su amigo le dijo, ‘venga, mándame al chico que para algo servirá, aunque sea para llevar cafés’. Mi padre le contestó que precisamente para eso lo iba a tener jodido, con mi pulso para robar panderetas”, recuerda Fran a carcajada limpia.
En aquella inmobiliaria trabajó como administrativo durante las vacaciones y, tras acabar la carrera, se quedó otros cuatro años, “una etapa de mi vida bestial”, dice Fran.
De vuelta a Madrid, entró en la plantilla de Fundosa, el grupo empresarial de la Fundación ONCE, donde trabajó varios años en puestos administrativos. También hizo un master de Dirección Financiera y Mercados Bursátiles y, un buen día, recibió una llamada del Grupo Santander. Habían visto su currículo y querían conocerle.
“Me hicieron varias pruebas y pasé unas cuantas entrevistas”, cuenta Fran. “ Me dijeron que querían contar conmigo, pero que no sabían cómo iba a responder yo, puesto que nunca habían contratado a alguien con una discapacidad como la mía para el puesto al que aspiraba. Les contesté que yo tampoco lo sabía, pero que lo único que pedía era una oportunidad. Me la dieron y la aproveché”.
Fran lleva más de un año en el grupo que preside Emilio Botín, trabajando como analista de riesgos en el Área de Gobierno Global y Sistema. Ya es indefinido, tras cumplir dos contratos de seis meses de prueba, como cualquier otro empleado. Francisco es feliz, adora su trabajo y se siente “agradecido y orgulloso de estar en uno de los grupos financieros más importantes del mundo”. Cree que el camino recorrido mereció la pena. “Yo soy un tío con ilusión, con ganas de salir adelante. A veces he estado a punto de tirar la toalla, pero ese pensamiento me ha durado poco. No soy el único que tiene problemas, todo el mundo los tiene, por eso hay que estar preparado para afrontar los momentos difíciles y ser valiente”. Así es Francisco Grau: feliz y valiente.


David González
30 años. Acondroplasia. Ingeniero aeronáutico. Dirección General de Aviación Civil. Ministerio de Fomento.
“Lo importante es normalizar”
Lo de David González es un caso de vocación temprana: a los cinco años ya tenía claro que lo suyo sería el sector aeronáutico. Desde muy niño es un apasionado de los aviones aunque, paradójicamente, siente un poco de vértigo a las alturas.
Precisamente la altura ha sido siempre un condicionante en la vida de este joven amable, educado y optimista. Nació con un trastorno genético que afectó a su crecimiento y que limita su movilidad. Sin embargo, otra paradoja, David no ha dejado de moverse desde que comenzó a acudir al cole de su barrio, en Madrid.
“Siempre he estudiado en colegios públicos, nada de escuelas especiales, y nunca he tenido grandes problemas”, asegura.
Así, llevando una vida lo más normal posible, David se vio un día en el trance de decidir qué carrera estudiar. La ingeniería aeronáutica es la que le llamaba desde niño, pero a la hora de la verdad tuvo dudas pues es una profesión que implica viajar a menudo, algo para lo que David tiene limitaciones. Por eso valoró estudiar otra ingeniería, la de telecomunicaciones, aunque finalmente se dejó llevar por su vocación de toda la vida y se matriculó en la Escuela Superior de Ingeniería Aeronáutica de la Universidad Politécnica de Madrid.
Durante los siguientes ocho años, David González se dedicaría básicamente a estudiar duro y a forjar amistades que piensa que le durarán toda la vida.
“Creo que mis años en la Escuela fueron muy aprovechados, aunque tengo la espina clavada de no haber tardado algún año menos en acabar la carrera. De todas formas, pienso que en la vida nunca sabes lo que es mejor. Quizás si hubiera estado menos tiempo allí no hubiera conocido a algunos de mis mejores amigos”, afirma, con mucha lógica, David.
Tras la etapa universitaria, el joven madrileño se enfrentó al mundo laboral con el mismo temple y confianza con que siempre ha afrontado los retos. En primer lugar trabajó en una de las principales multinacionales en el sector de Tecnologías de la Información, una experiencia que valora como muy positiva. Sin embargo, su intención era entrar en la administración pública, por lo que después de muchas horas de estudio aprobó las oposiciones que le conducirían a su puesto actual de funcionario en la Dirección General de Aviación Civil del Ministerio de Fomento. Allí, David vela por la aeronavegabilidad, concepto que engloba las características que deben cumplir las aeronaves para volar con total seguridad.
Edificio accesible
El joven ingeniero confiesa sentirse muy cómodo en su trabajo. Afirma que, cuando él llegó, el vetusto edificio que alberga el Ministerio de Fomento ya tenía un alto grado de accesibilidad. Además, para otras pequeñas adaptaciones como cambiar un picaporte o una botonera de ascensor, sólo ha recibido facilidades. Según dice, “yo considero que llevo una vida totalmente normal, aunque tengo mis limitaciones. Pero, ¿quién no las tiene?”.
Admite que a veces le molestan ciertas cosas como, cuando hace poco, en una visita a una torre de control junto a varios compañeros de promoción, alguien le preguntó si él también era ingeniero. “Son torpezas provocadas por el desconocimiento, sin mala intención. Por eso lo importante es normalizar, mostrar que, a pesar de la discapacidad, somos capaces de hacer muchas cosas”, asegura.

Fernando Riaño
31 años. Discapacidad visual. Licenciado en Derecho y Filosofía. Master MBA. Director de Igualdad y Diversidad. Barclays España.
“Nadie está obligado a ser un héroe”
Fernando sería hoy sin ninguna duda un juez brillante, de no haber sido porque las oposiciones a la carrera judicial a las que quiso presentarse hace unos años excluían a las personas con una discapacidad visual severa como la suya. En palabras técnicas, Fernando Riaño, licenciado en_Derecho y en Filosofía con un expediente impecable, no era “compatible funcionalmente” con el puesto.
A sus 31 años, ese no ha sido el único obstáculo que ha debido esquivar este riojano de Haro. Siempre estudió en centros de enseñanza ordinarios y jamás trató de esconder su discapacidad. “Lo que sí hacía era transmitir las dificultades que tenía, porque todos sabemos que lo que no se comunica no existe. Gracias a eso a veces se consiguieron avances que después beneficiaron a todos, como cuando en la universidad solicité los apuntes en formato Word para poder escucharlos a través de un programa de lectura digital y, desde entonces, esos apuntes se les facilitaron también al resto de los alumnos”, cuenta.
Fernando Riaño siempre fue un estudiante ejemplar. Lo demostró en la Universidad de Navarra, donde terminó con brillantez las carreras de Derecho y de Filosofía, y volvió a demostrarlo cuando se instaló en Madrid para estudiar un master MBA (Master in Business Administration), en el que consiguió una puntuación de 10 en el trabajo final y fue el número uno de su promoción. Fernando cree que en esta vida a nadie le regalan nada, y que para conseguir algo hay una receta excelente: “Voluntad, trabajo y perseverancia”.
Él lo hace cada día en su vida cotidiana, esforzándose en superar las dificultades con las que se encuentra. Sin embargo, admite que a veces es duro. Como él dice, “hay que pensar que también es legítimo abandonar, tirar la toalla, porque nadie está obligado a ser un héroe cada día. Cuando uno se ve obligado a hacer esfuerzos ímprobos constantemente, pues es comprensible que ceje en el empeño”. Por fortuna, en su caso, esta situación nunca ha llegado a producirse.Hoy, después de dedicar una parte de su vida a la abogacía y al mundo de la empresa, Fernando Riaño ocupa el cargo de director de Igualdad y Diversidad en Barclays España. Es la figura que debe velar, entre otras cosas, para que no se produzca ninguna situación de discriminación en el seno de este grupo financiero. Fernando está encantado en un puesto que, según él, “demuestra el compromiso social del banco”.
Por la integración
Por su trabajo, la integración laboral de personas con discapacidad es una cuestión que está muy presente en su día a día. Fernando opina que en este tema aún queda mucho por hacer: “Es una realidad que más del 10 por ciento de la población padece una discapacidad, pero ese porcentaje no tiene un reflejo equivalente en la formación superior y en el mercado laboral. Básicamente, esto responde a las dificultades con que se encuentran estas personas”. En su opinión, “sigue habiendo falsos mitos acerca de que las personas con discapacidad no pueden incorporarse a todo tipo de puestos. Si alguien es licenciado en Derecho, en Psicología o en Ingeniería Aeronáutica significa que está cualificado para ejercer ese tipo de profesiones, al margen de su discapacidad. Pero seguimos encontrándonos con barreras mentales, motivadas, sencillamente, por el desconocimiento”. Por eso, él anima a todos los empresarios a contratar a trabajadores con discapacidad: “Ninguna de las empresas que han puesto en marcha planes serios de incorporación laboral de personas con discapacidad rectifica. Al contrario, lo que se produce es un incremento de esas políticas y un cambio en el concepto sobre la discapacidad. Lo que hasta ese momento representaba un problema, se convierte después en una oportunidad. Se trata de valorar las capacidades y no fijarnos en la discapacidad”.
¿Alguien puede rebatir a Fernando?




