Latinoamérica
Texto y fotos: Almudena Hernández
Cuba Llueve sobre mojado

Uno de cada diez cubanos se ha quedado sin casa tras el paso de Gustav e Ike. Pero el país, acostumbrado a los zarpazos de la meteorología, convive a diario con otros lodos. Entre huracán y huracán Cuba subsiste como puede a la herencia de la explotación de españoles y estadounidenses. La vieja colonia también tiene que tragar con otro legado: buscar esperanza bajo el poder de un nuevo dirigente también apellidado Castro.
El personal de Cubana de Aviación avisa: puede haber “algún siclonsito” antes de tomar tierra. Entre junio y noviembre es temporada de huracanes en Cuba, y el comentario echa una cucharadita de tensión al acostumbrado retraso del despegue. Pero lo que ocurre en la isla caribeña va más allá de las turbulencias. No recuperados de la tormenta tropical Noel de 2007, los cubanos han visto llegar huracanes de tres en tres.
Gustav, Hanna y, sobre todo, Ike han arrancado tejados, inundado hogares y destruido cosechas. Las flotas han quedado en tierra y decenas de miles de personas han sido evacuadas. Antes de que el lodo cubriera el paisaje, como “previsión”, el Gobierno cortó el fluido eléctrico. Varias ciudades han quedado a oscuras mientras los ciudadanos pensaban en las consecuencias sanitarias inmediatas a la catástrofe. En Cuba no abundan las medicinas y las epidemias pueden cebarse con un país en el que se suceden los problemas con el saneamiento.
Ike y compañía han puesto de actualidad a la isla caribeña, pero no sólo los huracanes complican la vida a los cubanos. Que gran parte de las señales luminosas de la pista de aterrizaje de Santiago de Cuba estuviesen fundidas es más que anecdótico, como también lo es el continuo sopor húmedo que todo el año soportan los lugareños.
Ahora, los santiagueros y otros ciudadanos de esta antilla, sus islas y cayos, estarán reconstruyendo tejados y limpiando lodo. El agua que no tuvieron durante 20 días en julio se ha vuelto contra ellos. Desde la planta 15 del hotel Meliá Santiago la vista es espectacular todos los días: “Cómo se llama lo que hay en Brasil?”, pregunta una turista. “Fabelas”, responden. “Pues eso es lo que estoy viendo”.
Las provincias orientales, en cuyas costas descansan las ciudades de Santiago y Guantánamo, son las más deprimidas del país. Apenas nadie lleva reloj, ni bolso y muchos niños van descalzos. En estas provincias vive el 35 por ciento de la población de un país de 11.300.000 almas. Por eso, las catástrofes no hacen más que agravar otros daños que ya estaban enquistados.
A apenas unas cuadras de las restricciones del líquido elemento, los turistas chapoteaban en la piscina y disfrutaban de una elevadísima potencia de aire acondicionado cual joyas en una urna de cristal. Se pueden contar las pocas ventanas del país cerradas con vidrio. Así se ahorra material, no se rompen con los huracanes y se ventilan las casas siempre envueltas en ese pegajoso aire subtropical.
Otra forma de ahorrar viene de la mano de las bombillas de bajo consumo que el Gobierno repartió por todo el país. El problema energético preocupa a Cuba, que recibe petróleo de la amiga Venezuela a cambio de médicos. Las novedosas bombillas llegan incluso a las cabañas de los campesinos de la histórica Sierra Maestra, donde se forjó la revolución y que en sus lugares más recónditos también recibe la señal de televisión. Por toda Cuba hay antenas, ya sean sobre los desconchados tejados de las ciudades o en las techumbres de palma real de las zonas rurales.
Pedro Corso y Ángel Sánchez murieron electrocutados mientras desmontaban la preciada antena de su casa en la provincia de Villa Clara. Sus nombres encabezan la lista de cuatro bajas tras el paso de Ike.
En el país caribeño hay cinco canales de televisión, dos de ellos educativos, más uno internacional, con imágenes de procedencia más que sospechosa. Los pocos cubanos que pueden acceder a los hoteles se encierran en sus habitaciones para devorar la CNN, la BBC o el canal internacional de TVE. Los turistas hacen lo propio con las televisiones cubanas.
La programación infantil vomita consignas políticas e inculca a los más pequeños los repetidos mensajes de la propaganda: el odio al capitalismo, el triunfo de la revolución, la denominada “batalla de las ideas”… En el noticiero, una ministra anuncia retrasar la edad de jubilación y, en otra cadena, se loa la figura del Che o la construcción de una rotonda en un vial. Mientras, los cubanos caminan kilómetros por las cunetas de una autopista que insulta al intelecto, pues quedó sin asfaltar en los años 70 y así sigue: como un auténtico camino agreste.
Quien puede pagársela, coge una de las guaguas del Estado: una camioneta obsoleta en la que se hacinan los viajeros como ganado. Y los turistas, tan odiados por su ostentación como esperados por sus propinas, cruzan el país en un autocar soviético o de fabricación china con reproductor de CD y aire acondicionado.
Buenas noticias
El 26 de julio, día de la rebeldía nacional, Raúl Castro hacía un llamamiento a la población cuando los nubarrones que se acercaban a Cuba no tenían precisamente nombre de huracán, sino de crisis internacional. “Hay que acostumbrarse no sólo a recibir buenas noticias”, dijo el heredero del poder que ostentó durante medio siglo su hermano Fidel, como si fuera la única crisis que han vivido los cubanos, acostumbrados al embargo estadounidense y a las fuertes restricciones que impone su país a la población.
Nadie sabe dónde duerme Fidel, aunque casi a diario lanza mensajes en la prensa oficial, que como las viviendas, los vehículos y los negocios, es propiedad del Estado. En una reciente de esas misivas propagandísticas, Fidel culpaba del desastre de Gustav, Hanna e Ike, a su eterno enemigo, Estados Unidos, y a sus aliados: “¡Suerte que tenemos una Revolución! Está garantizado que nadie permanecerá en el olvido… Una fuerte, enérgica y previsora Defensa Civil protege a nuestra población… La frecuencia e intensidad crecientes de estos fenómenos naturales demuestra que el clima cambia por culpa del hombre”. Como no es de extrañar, el Gobierno cubano no ha aceptado la ayuda estadounidense para paliar los daños que causaron las tormentas. Uno de cada diez isleños se ha quedado sin casa.
Desesperanza y hastío
La población, acostumbrada a limpiar una y otra vez el lodo y la devastación de la naturaleza, con las manos cortadas por las hojas de la caña de azúcar, no parece tener parsimonia sólo por soportar una treintena de grados de temperatura todos los días del año. Sentados en el suelo, en los portales de las casas, recostados en una mecedora al otro lado de las rejas de las ventanas de un decadente estilo colonial, los cubanos reflejan desesperanza y hastío, como empachados por el repetido plato de arroz con frijoles.
Aunque el Gobierno de la isla caribeña presume de un bajísimo porcentaje de paro, en torno al dos por ciento, abundan las tertulias callejeras y las partidas de ajedrez sobre el suelo. Resulta más que chocante que tal cantidad de gente esté “de vacaciones”. Es tan increíble como que los pocos cubanos que se alojan en los hoteles y que ostentan joyas y poder se encuentren ahí por haber “donado sangre”, cuando en España, la Cruz Roja obsequia al solidario con un sándwich y un refresco.
En Cuba circulan dos monedas. Los nativos usan el peso cubano en su mercado de cartilla de racionamiento. Para compras fuera de ese ámbito y para los extranjeros se acuña el peso cubano convertible (CUC), que al cambio es similar al dólar y equivale a 24 pesos cubanos. Por eso, sobretodo en las provincias orientales, se repite aquello de “¿no tendrá usted algún jabonsito?”.
Algunos cubanos también piden bolígrafos y ropa. La economía doméstica en Cuba funciona en base a la cartilla de racionamiento, que aunque evita el hambre también impide la prosperidad. Asegura la leche para los niños, pero comprar una lavadora, por ejemplo, puede valer 200 CUC. El sueldo medio mensual es de 436 pesos cubanos, equivalente a unos 17 pesos cubanos convertibles.
Cuba parece estar metida en la espiral de un huracán. Lo lleva denunciando desde hace años la disidencia, que cuenta con una importante comunidad en Estados Unidos. Lo denuncian, en su intento de huida desesperada, los balseros que se lanzan al mar rumbo a Norteamérica; lo comentan en pleno vuelo los inmigrantes que toman el avión con lágrimas en los ojos para trabajar de albañil en Madrid a pesar de tener un título universitario; queda impreso en la contra propaganda que cualquier cubano puede encontrar en las iglesias del país; e, incluso, lo confiesan los propios cubanos tras cercionarse que su conversación con un extranjero no está siendo vigilada.
Además de los sueldos muy bajos, la economía cubana está vinculada al empleo que proporciona el Estado. Para trabajos que puede desempeñar una persona puede haber varios empleados. Es común que siete personas atiendan una docena de mesas en un restaurante. Sin prisa. La máquina de café está rota. El teléfono no funciona. No funciona desde hace cinco años. También abundan los porteros en edificios oficiales de interior silencioso. La mayoría son mujeres y en sus manos no falta el Granma, el periódico oficial. A decenas de kilómetros, en el campo, los inspectores recuentan ganado: los campesinos no pueden sacrificar una res sin permiso del Estado...
Sin embargo, hay quienes parecen pensar que al mal tiempo buena cara. Al caer la noche, los habaneros acuden al malecón para “conversar”. La temperatura ronda los 30 grados. Otros tantos subirá cuando hayan vaciado las botellas en este sabroso paseo marítimo de la capital. Ron quizás para olvidar que esta eterna colonia no sólo ha sido explotada por españoles y americanos. Botellas de ron cuyos cristales tendrán que sortear mañana los pies adolescentes que se bañen en el Atlántico si un huracán permite el chapuzón.
Los tibios ‘cambios’ de Raúl Castro
Desde hace más de medio año, Raúl Castro preside Cuba, en relevo de su hermano Fidel tras casi medio siglo en el poder. Con Raúl el gobierno isleño pareció tomar aires de aperturismo y alguna de las iniciativas emprendidas por el nuevo mandatario, de 77 años, tuvieron gran eco internacional. Por ejemplo, los cubanos tienen más tierras para cosechar y ya pueden tener teléfono móvil u ordenador y entrar a los hoteles de extranjeros, antes vetados a los nativos. Sin embargo, muy pocos pueden adquirir una computadora a precio de Estados Unidos, todo un lujo para el sueldo medio mensual de 17 dólares que reciben los cubanos, que también han visto cómo el pequeño de los Castro ha subido el precio del carburante.




