Cooperacion
Inés Marichalar
Birmania, un paraíso castigado
Conocer Birmania cambia el concepto de la felicidad. Ver a miles de personas que no pierden la sonrisa a pesar de la dureza en la que viven, impresiona. Aislados del mundo por la junta militar que gobierna el país, las consecuencias del tifón Nagis, que asoló prácticamente toda su geografía el pasado mes de mayo, los deja todavía más desamparados.
Aterrizar en Birmania es hacerlo en un país de pobreza digna, donde casi nadie tiene de nada, pero donde lo que más llama la atención es esa imborrable y sincera sonrisa que todos sus habitantes ofrecen con verdadera ilusión por el simple hecho de estar con ellos. Ese regalo acompaña al visitante en cualquiera de los rincones de esa geografía tan castigada por el monzón durante los veranos y tan aislada del mundo exterior por la dictadura de una junta militar que gobierna el país desde que dejó de ser colonia británica.
Birmania, a pesar de su encarcelamiento, es única. Situada en el sureste asiático, entre China, Tailandia e India, sorprende por sus detalles diferentes al visitante: los paseos de cientos de monjes por sus calles (todos los niños tienen que serlo durante una etapa de su vida), el fervor budista respetuoso y profundo, los impresionantes templos que asoman por cada esquina del país bañados en oro y en los que todos los birmanos depositan sus pequeños ahorros; las mujeres, todas guapas y maquilladas con su tanaka (un producto casero mezcla de arcilla y agua) para protegerse del sol...
A cada paso se descubren olores, miradas y un trato desconocidos para cualquier occidental. Y existen lugares que no se pueden describir, sino que son de obligada visita: entre ellos el Lago Inle, un lugar remoto, parecido al fin del mundo, donde los pueblos construyen su vida sobre el agua y reman con los pies. O Bagan, donde cientos de templos se esparcen por una llanura de cientos de kilómetros y donde los birmanos dan de nuevo prueba de una fe inquebrantable. Allí van a rezar a diario y a renovar su energía para conseguir sobrevivir con lo poco que tienen. Quizás un poco de arroz, pescado y algún fruto exótico.
En general, los birmanos llevan lo puesto, que es la ropa típica del país: una falda o túnica para todos, hombres y mujeres, y unas chanclas negras que llevan desgastadas y poco duran en sus pies, ya que para orar en cualquier templo hay que ir descalzo.
Perderlo todo
Los birmanos están acostumbrados a perderlo todo. Son constantes los monzones en la época de primavera y verano y, cuando llegan, muchas veces se llevan las casas y el ganado. El pasado mes de mayo llegó además el ciclón Nargis, mucho más agresivo. Actuó como una escoba y se llevó a su paso absolutamente todo. Ni una casa medio derruída, ni una vaca para comerse entre toda una comunidad. Desaparición absoluta, como si antes allí no hubiera existido nadie.
Meses después, toca reconstruir, y es un trabajo impresionante teniendo en cuenta las dimensiones del desastre. “Aunque son cifras que debemos tratar con muchísima cautela, se habla de más de dos millones de damnificados. La realidad es que las cifras de muertos no se conocen con exactitud debido a la falta de acceso a muchas de las zonas afectadas”, comenta Olivier Longué, presidente de la ONG Acción contra el Hambre.
Las necesidades más importantes que tienen los birmanos son casi todas. “El 75 por ciento de la gente está sin agua potable, y las encuestas de salud que hemos hecho demuestran que una de cada cuatro personas está enferma por las consecuencias del desastre”, comenta Longué.
La gente bebe agua de ríos o estanques sumamente contaminados por cadáveres de personas y animales, a lo que hay que añadir que es un agua tropical, que suele llevar enfermedades, y que contiene una muy alta salinidad que viene del mar, lo que además provoca plagas.
“La prioridad absoluta es conseguir agua potable para los bebés y el saneamiento. Y como son gente que lo han perdido todo, trabajar en la distribución de los kits de primera necesidad. Es importante por ejemplo permitirles cocinar de una manera adecuada e higiénica para que los afectados no lo hagan con agua contaminada o coman carne cruda”, explica Longué.
No todo cambia
Mientras el pueblo birmano intenta recuperarse del desastre del Nargis, Aung San Suu Kyi, una mujer valiente y pacífica, sigue bajo arresto domiciliario. Esta política, que es la cara visible del único movimiento de oposición al régimen, la Liga Nacional para la Democracia (LND), lleva 18 años de persecución, y 12 años encerrada en su casa sin poder salir a pesar de haber ganado las elecciones generales de su país en 1990.
demás, la junta militar acaba de pronunciarse a su respecto y amplía su arresto domiciliario. Esta mujer, que recibió el Nobel de la Paz por su determinación y coraje, es a la que apoyan los miles de monjes del país, que de manera pacífica han intentado devolverla al poder mediante manifestaciones callejeras que han venido ocurriendo en los últimos meses y que han sido sofocadas violentamente por el gobierno.
or su parte, los países vecinos, Vietnam, Camboya y por supuesto Tailandia, crecen y se enriquecen mientras Birmania sigue aislada y se queda como está. Quizás llegue el día en que Birmania tenga lo que merece, es decir, libertad, información, distribución de riqueza y las puertas de par en par abiertas para que todos puedan conocer lo impresionante que es un país donde la sonrisa es lo que nunca se pierde.




